
Ciudad de Rosario, mediodía plomizo del primer domingo de julio, a un día de que Gimnasia juegue aquí por la Liga Profesional. A Jorge Nelson Forgués lo vemos sin el cuerpo morrudo de aquel hombre que corría y metía con la franja azul. No parece invierno y tiene un buzo deportivo con el escudito de General Paz, azul y una ve blanca. Era un ídolo en la década prodigiosa de los años 70. Cuando existían potreros, “los huecos”, como llamaban en esta capital santafesina a esos sectores pastoriles abundantes donde los caballos sueltos dejaban un hueco, ideal para que lo usen de “cancha” los niños, los jóvenes y los veteranos.
Simplemente “El Bocha”, con una voz serena, pausada, que es una trasmisión clarísima de los preceptos del fútbol, los que brotan de la cuna, del que será jugador si nació para serlo. Dirige infantiles. “Tenemos que lograr que se diviertan. Se ha hecho tan competitivo hasta los chiquitos… Los padres influyen mucho. Los padres dicen ‘el nene pierde y llora’, es mentira, son ellos los que sienten la derrota”. Por esto, el sábado estrenaron una metodología y se siente contento. “Cada chico que termina de jugar, le sirve la merienda al otro equipo”.
Desde que se retiró del fútbol activo (Central Córdoba, Huracán, Gimnasia La Plata, Instituto, Temperley, Gimnasia de Jujuy, Sarmiento y otra etapa final en “Córdoba”) la docencia fue su cable a tierra. Dirigió a Rodrigo Messi, por ejemplo, el hermano mayor de Lionel.
Revolvemos el pocillo de café en una GNC en la zona sur, por donde se crió el mayor ícono del fútbol mundial, el capitán de la Selección que hace siete meses nos trajo la Copa. “Vivía atrás del complejo de los Militares, en una de las cortaditas de por ahí”.
Cuando el viernes atendió el llamado de este periodista (de visita a Rosario por un documental inspirado en el juego y en la vida de “El Trinche” Carlovich, del que Forgues fue muy amigo) no puede negar que le gustaría volver al estadio Juan Carmelo Zerillo, en el Bosque. “Estoy esperando a Beltrán (Alberto, el cordobés, número 10 de eximia pegada), cuando esté listo, volveremos a estar juntos viendo a Gimnasia”, sueña.

Después de una hora y media, intentaré reflejar a pincelazos, buscando un orden, aunque mano a mano los recuerdos fueron desordenados según las emociones que provoca estar ante un crack. Que metió 22 goles, cuando ese número no era el sello de la barra brava, pero como él dice, “¡Jugar en Gimnasia era difícil!’ Una tribuna brava, porque perdíamos dos pelotas y ya entraban a gritar ‘tronco, ándate desastre’. El hincha de Gimnasia era muy exigente. Si ganaste un partido que no mereciste porque jugaste mal, el hincha te lo recriminaba… ‘¡Sí, ganamos, pero fuimos un desastre’. Ahora lo que interesa es el resultado. Inclusive los hinchas han cambiado la mentalidad”.
Quiere la vida que esta noche, en el Estadio del Parque de la Independencia, en la ciudad que es Cuna de la Bandera, se presente el Lobo conducido por “Chirola” Sebastián Romero, y la comparación llega como anillo al dedo. Cómo era Forgués, es volver un poco a cómo era Romero, en funciones ofensivas parecidas, yendo por el carril izquierdo y centreando a la carrera. Vaya cosa: Chirola nació en abril de 1978 cuando el Bocha era titular en Gimnasia y salía en las figuritas, en las redonditas de cartón.

La llave para ser jugador de Primera A arrancó en un partido de quinta de la ARF, donde Central Córdoba goleó “a Newell’s 3 a 0, de visitante con tres goles míos”. En los rojinegros se alistaron dos pichones que llegarán muy alto, a la galería de la fama mundialista: Marcelo Bielsa y Américo Gallego. A Forgués lo vio un allegado a Menotti (DT de Huracán) que en 1973 (a pocos meses de aquel partido de inferiores en un campito sin alambrado de Rosario, la cancha de Acíndar) lo fichó directamente para la primera de Huracán. “Me tomé un tren que salía a las 7 AM, El Rosarino, en el que solían ir muchos futbolistas de Rosario a Buenos Aires. Llegué con un bolsito a Buenos Aires, no me esperaba nadie, no había representantes, y no sabía para donde rajar. Por el préstamo por un año, le dieron a Central Córdoba un juego de camisetas y pelotas. De un día para el otro estaba cambiándome en un vestuario de primera división con todas figuras”.
Ese mismo año Huracán gritó con el alma su único campeonato de la historia en el profesionalismo. “El día de la vuelta olímpica, nos ganó Gimnasia en nuestra cancha, pero jugué en Tercera división; en el partido anterior, contra Ferro, estuve en el banco”, repasa Forgués sus 18 años, cuando el fútbol lo acariciaba con una de esas posibilidades en que uno puede presentir que está disponible para triunfar.
Un par de años después Forgués fue seleccionado por Menotti (llevaba un año como técnico revolucionario de la Selección), con juveniles que campeonaron en Francia, donde se disputó el torneo “Esperanzas de Tolón”). El “Bocha” fue uno de esos pibes del interior, en los que creyó el DT. En el libro autobiográfico de Menotti “Así ganamos la copa del mundo”, editado por revista El Gráfico, el “Flaco” describe su emoción aquel 25 de mayo de 1975, al vencer en la final a los franceses. En cada uno de esos chicos (Passarella, Valdano, Trobbiani, Tarantini, Valencia, Forgués), “ya teníamos un grupo de jugadores que habían perdido el miedo al cuco de la velocidad y la fuerza europeas”. En esta imagen, Forgués convierte ante Hungría.

El “Bocha” tenía una forma de ser especial, casera, familiera, devoto de los amigos. Como lo fueron, entre otros casos, un Tomás Carlovich o un Lucas Lobos, a quienes los buscaban para ir a lo más alto mientras ellos evaluaban lo que les convenía según sus apetencias personales de comodidad y divertimento. Preferían jugar en el hábitat natural de la ciudad donde les tocó nacer, sin destierros, ni presiones, liberados de los intereses.
Lo que sigue a continuación es la cruda realidad que cuenta Jorge Forgués. “Faltaban dos partidos para seguir celebrando el campeonato de 1973, y Menotti se va a Rosario, viajamos juntos en auto (César es de Fischerton), su cupé Torino marroncita clara, como las que tenían todos los jugadores de Huracán, me dijo: ‘Ahora vienen dos partidos en los que lo voy a poner y después los dirigentes le van a comprar el pase, así que cuídese, pibe’. Pero no fui más”.
En 1974 se quedó en el furor popular de Central Córdoba, que había sido campeón de la “C” y se preparaba para un campañón en la B. Forgués, que alternaba entre el banco de primera y la tercera (pero en la A), no tuvo problemas en decidirse.
—¿Por qué no quisiste seguir?
—Antes era muy difícil desprenderse de los padres, de los amigos, uno extrañaba el barrio, y a mí me gustaba jugar al fútbol, no me interesaba dónde, y en eso pensábamos igual con el Trinche.
En la foto, entre los agachados, el primero es Carlovich y el anteúltimo Forgués.

—Usted y el Trinche no eran ambiciosos
—No, jugábamos porque nos gustaba. Ahora se juega mucho por los intereses que hay de por medio, y por otro lado está bien, porque nosotros no aseguramos nuestras vidas siendo futbolistas, y hasta hoy tenemos que seguir laburando. Antes, si no jugabas en un club grande, no hacías una diferencia. Por ejemplo, cuando ya te estabas por retirar, si ponías un emprendimiento y te iba mal perdías todo lo que hiciste. La posibilidad que tiene hoy el jugador en ser transferido, los mercados que se han abierto, Arabia, Japón, etcétera; antes, a Colombia, más de ahí no salías. Y a Europa, ni te cuento, salvo algún destacado como Kempes. Ser jugador hoy es una profesión con muchas opciones si tenes algo de condiciones y sos constante.
—Llegaste a Gimnasia en 1976. Te animaste otra vez a Buenos Aires, ¿cómo fue?
—Como en el 75 jugué en la Selección Juvenil, Menotti me recomienda a Rogelio Domínguez, que en ese momento estaba en Boca, o sea, iba de Central Córdoba a Boca. Pero lo echan a Domínguez y agarró Gimnasia.
“Un gran equipo, Tutino tuvo una lesión grande y por eso empecé a jugar yo. En la Selección fui número 9. En Gimnasia, con el 4-3-3, yo era el 11, y me tiraba a volantear. El físico mucho no me daba para las pelotas aéreas”, comenta.
En la primera temporada, en 1976, Torneo Metropolitano, clasificaron segundos en su grupo y accedieron a la Ronda Final, donde doce equipos fueron a buscar la gloria. Allí, las localías tenían que ser en una cancha neutral y el Lobo se presentaba en Estudiantes. Finalizaron en el puesto 11, anteúltimos. De pie: Carlos Buticce, Avelino Verón, Juan C. Ferreyra, Hugo Gottfrit, Antonio Rosl y Miguel Nicolau. Agachados: Alfredo Franco, Oscar Peracca, Hugo Pedraza, Edgardo Di Meola y Jorge Forgués.

El defensor Antonio Rosl dejó de jugar ese año con la camiseta 3, a los 32 años. Recuerda a “Bochita, un pibe con una calidez bárbara, gran jugador y mejor persona. Un compañero ejemplar, solo tengo agradecimiento por lo que hizo con nuestra camiseta”.
El primer gol que hizo Forgués en azul y blanco fue a Chacarita, en cancha de Atlanta, el 18 de abril de 1976, partidazo que el Funebrero gana por 4 a 3 (dos goles Claudio Marangoni; y para el Lobo, doblete de Beltrán y uno de Forgués).
Beltrán y Forgués llegaron a vivir juntos, en Ringuelet, y curiosamente, cuando Forgués metía un gol también lo hacía Beltrán. “El mejor partido que jugué fue contra Independiente, en la lucha por aquel título del Metro 76. Ganamos en la cancha de Estudiantes”. Esa tarde, otra vez se dio un 4 a 3, pero a favor del Lobo, con una “tricota” del cordobés Beltrán y uno del rosarino Forgués.
En ese mismo torneo, el 3 de agosto, fueron a jugar contra Central, local en el estadio de Newell’s. El empate 1-1 tuvo como goleadores a Killer y de Forgués. En la cancha, grandes rivales; en el diario vivir, resultaron amigos.
Saltamos al Metropolitano de 1977, el más extenso de la historia (46 fechas). La última fecha con el suspenso de no saber si el Lobo podía asegurar la permanencia. Argentinos, en La Paternal, con el 10 increíble de 17 años, Diego Armando Maradona.
“Gimnasia debía ganar para zafar del descenso sin depender de nadie”, explica Forgués.
Empezaron con toda la polenta, por el tanto madrugador de Dougall Montagnoli —al minuto— y rápidamente el segundo que logra Alberto Beltrán —iban 5 minutos—. El descuento de Jorge Orlando López sembró la duda. Aunque las dudas eran de los espectadores locales, especialmente de un grupo que violentó el ingreso al vestuario local. Ahí estaba “Pelusa”, que en el segundo tiempo resultó imparable, aunque no convirtió. Pero los Bichito empataron, otra vez por López.
“A Diego lo tuve que hablar para que parara, ¡pendejo, dejá de romper las pelotas que nos podemos ir a la B! Este Maradona era un pibito. Me dice ‘nos vino a zapatear la barra adentro del vestuario, porque decían que el partido estaba arreglado”.
Al final, un equipo rosarino salvó a Gimnasia. “Central ganó en cancha de Lanús, que terminó yendo a un desempate contra Platense”. Los once Triperos aquel domingo: José Ducca; Juan Carlos Ferreyra, Oscar Pérez, Alberto Urquiza y Enrique D’Alegre; Juan Miguel Tutino, Avelino Verón y Alberto Beltrán; Dougall Montagnoli, Oscar Fornari y Jorge Forgués. En el banco, Héctor Cassé, Sergio Castro, Daniel Borgna, Echauri y Ruben Di Bastiano.

—Qué piensa de la ética en el fútbol
—Hay pocos que la tienen., yo creo que fui uno de ellos. La pasión de jugarlo, meterse dentro de una cancha y jugarlo por placer y olvidarte del dinero, de todo. Pienso que de todos los clubes me fui bien y fui reconocido por la mayoría, a lo mejor no como jugador sino como persona y eso es lo que más tranquilo me deja”.
—Y qué siente de la estética
—El fútbol la está perdiendo. Repaso partidos del Mundial y un poco esta Selección nos dio aquello que yo vi del fútbol, pero tenemos al más grande de todos. No sé cuantos años más van a pasar para que aparezca un Messi.
—O sea, en Qatar viste algún fogonazo del fútbol que mamaste de pibe…
—Sí, sí, el fútbol que le gusta a la gente, y enamoró esta Selección porque jugó muy buen fútbol, y así no hubiéramos salido campeones, yo estaba contento. Porque si salíamos segundos iban a aparecer las críticas. En Argentina somos muy resultadistas lamentablemente. No sé si vamos a ver otro jugador como Messi, en todo sentido, lo que es como jugador, como persona con la humildad que tiene; por eso digo que es el mejor del mundo, porque tiene todo. Conozco a la familia, porque al hermano lo tuve como jugador, lo he ido a buscar a la casa. (en la imagen de abajo, Lionel en un breve paso por Central Córdoba de Rosario).
—¿Messi el mejor de todos los tiempos?
—De lo que yo vi, sí.

Con su mujer Miriam Russo (sobrina del ex compañero en el Huracán del 73, Alejandro “Fatiga” Russo) la familia Forgués se hizo numerosa, un equipo de ocho, con seis hijos. Los dos primeros nacidos en La Plata, Paulo César, 1979; Noelia, 1980; Daiana, 1982; David, 1990, Fausto, 1995, Nazareno, 2000. Al mayor lo bautizó como un crack brasileño del momento, pero salió anti futbol (risas), pero el último salió bueno, apasionado de la pelota, puntero derecho, pero dos lesiones seguidas lo tienen hoy en muletas, a la espera de volver a jugar en Central Córdoba (club que milita en la Primera C, la cuarta categoría de AFA, además de la competencia local en la Asociación Rosarina).
La sensibilidad del “Bocha” lleva a tocar aspectos paternalistas, de cuidado del ser humano, antes que la producción en serie de talentos para vender. Y el mea culpa arranca en casa. “Si el primer hijo no quiso saber nada con el fútbol, hay que comprender que sea así, porque vivíamos concentrados. Con él pasé poco tiempo de su infancia. El fútbol exigía, aunque no nos pagaban ni el diez por ciento de hoy; se vivía bien con los premios, pero no te sobraba nada”. Y evoca a su padre Honorio, ex ferroviario. “Así hubiera jugado un desastre me decía ‘jugaste bien’, hijo”.
—¿Gimnasia lo reconoció alguna vez?
—Me fui en 1980 y diez años después me llamaron espntáneamente, me dieron un palco, fui con gente amiga de Rosario, y me entregaron una medalla.
Un alto en la nota, cuando Nazareno Forgués le pide al padre, con una sonrisa, que nos cuente cómo fue que “El Bocha” debutó en un partido de Primera B gracias a una injerencia del “Trinche” Carlovich (N. de la R. Murió en pandemia, por el empujón de un ladrón que le sacó la bicicleta). “Así fue, el Trinche me hizo debutar Central Córdoba, siendo jugador, se arrima al banco y me dice ‘entrá Bocha’. El técnico no tenía el carnet, estaba en la platea. Pero no, Trinche, yo miraba para afuera y se arrimó de nuevo: ‘¡cambiate!’. Para mí el Trinche no murió, lo tengo presente como que está vivo”.
El desenlace trágico lo rozó a Forgués, ya que en ese momento trabajaba en el resto bar Pico Dulce, propiedad de “El “Cuchi” Juan Carlos Ledesma, una persona muy querida, que de chico vendía golosinas en el estadio “Gabino Sosa” y pudo abrirse un futuro próspero como comerciante. En ese bar llegan personalidades del fútbol, de distintas épocas, de los cuatro clubes rosarinos afiliados a la AFA y otros tantos colores orgullos del lugar.
“Estábamos acá y él, como siempre, vino en su bicicleta vieja, que había dejado sin atar. Cuando se iba, ese día me dio un abrazo, que en ese momento no se podía, por precaución del Covid, ‘¡dale Bocha, si total nos vamos a morir igual!’. Sale y ya no estaba la bici. Le cuento al Cuchi que lo mandó a buscar mientras le dice a otro empleado que fuera con el Trinche al otro día a comprarse una nueva. Yo lo cargaba. «Hijo de puta, qué bien la hiciste…, porque de un Fiat 600 casi que pasó a una bici era un VMW. Eso fue un viernes y el martes lo empujaron para sacársela”.

Ahora, el destino donde la vida quiso sonreír y en abundancia. Fue en 1974, en el estadio de Newell’s Od Boys, la Selección Argentina que se preparaba para el Mundial de Alemania, organizara un amistoso con la Selección Rosarina. Entonces, los técnicos Montes (de la Lepra) y Griguol (del Canalla) eligieran veinte jugadores. Al armar el once, cinco de cada bando y un lugar “libre”, donde seleccionaron a una figura creciente en la B, Carlovich, de Central Córdoba. “Fuimos seleccionados veinte y de Central Córdoba eramos tres —dice Forgués—. Yo vi ese partido desde el banco de suplentes (ganaron los rosarinos en un verdadero paseo, 3 a 1). Es verdad que el técnico de Argentina mandó a avisar que saquen al Trinche, porque era una humillación”.
—¿Qué hizo ese día su recordado amigo?
—No le podían sacar la pelota. Una me quedó grabadísima, agarró una pelota en la mitad de la cancha y no le salía nadie, entonces amagó a sentarse arriba de la pelota. Amagó, no se sentó. Ahí vino la bronca.
El combinado rosarino formó con Biasutto; José González, Pavoni, Capurro y Mario Killer; Aimar, Carlovich y Zanabria; Robles, Obberti y Kempes (Berta reemplazó al “Trinche”).
El seleccionado nacional —sin los europeos— pusieron a Santoro; Wolff, Togneri, Sa y Tarantini; Brindisi, Telch y Potente; Houseman, Poy y Bertoni.

Apellidos de los sesenta, con estilo futbolístico lírico, con predicamento distinto al actual.
“Hoy se hace muy friccionado, y dicen que aquellos jugadores ahora no podrían jugar. Y capaz que no podrían jugar, por la destrucción que hay. Pero antes, como había 8 que intentaban jugar, se hacía más pausado, había pases, toques, cambios de frente, se pensaba más. Pero incluso la gente ha cambiado. Para que el hincha, se vaya contento teníamos que jugar bien y ganar. Ahora, ganan y juegan mal, y se van todos contentos. ¡Me pasó en Gimnasia!”, define Forgués.
El 14 de julio próximo, no menos de ochenta amigos del fútbol criados en éstos huecos, van a juntarse en una comida. Muchos consagrados en una Primera del fútbol profesional o curtidos en el ascenso, todos con simpatía y amor por los colores de Central Córdoba (el club donde es posible la unión y coincidencia en algo de los de Newell’s y Central).
Forgués ahí tiene a los ex compañeros cuando empezó en 1973 y los que lo aplaudieron cuando se retiró en 1987. “Pensábamos igual, el respeto por la pelota, ponerla contra el piso, de pasar un contrario, de buscar a un compañero”.
El profesionalismo del fútbol actual no lo seduce para trabajar. Su preoupación es social, la juventud. “Porque después de que pasan cierta edad, los 14 o 15, es cuando agarran la calle y no sabes con qué te encontras en una sociedad tan embromada. El cincuenta por ciento de la juventud se pierde, y por eso hay cada vez menos jugadores. Se dedican a salir, al alcohol y quedan en el camino”.
En la voz de Forgués aparece el deseo de todo un país, ávido de un progreso educativo, en las formas y a ésta altura con poco tiempo para demoras.
“Espero que te haya ido bien en Rosario y para lo que necesites, estamos”, se despide.La promesa no suena a campaña, porque debajo de ese buzo azul del club de barrio, aparece un extremado espíritu humanista.
Y tendrá que jugar, en las urnas. Porque el concejal Ariel Cozzoni, (La Chancha, aquel ex goleador) va por la reelección en dos semanas, con el Frente para la Esperanza. “Me invitó a participar, voy como senador departamental. La idea es poder ayudar en los barrios. En vez de poner carteles, el dinero lo invertimos en darle una merienda a los chicos que juegan a la pelota por diversión, y de paso sacar esa rivalidad, porque el fútbol infantil más que competencia a full es un momento para compartir”.

Creemos que en tiempos donde tantos políticos salen a cacarear sus deseos y ponen el huevo en la educación, por acá está “El Bocha” Forgués, poniendo su grito pero en la calle.
Y ya sabemos de su trayectoria, de sus valores, en cada institución a la que represento. “Le agradezco mucho a Gimnasia”. Y sabe que hoy, con una reunión a la misma hora del partido en el “Coloso” (20 horas) apenas si podrá ver un pedacito y por televisión. Cuando llegue a casa y Miriam lo reciba como hace tantos años, de fidelidad y de amor, de familia y de fútbol. De tanto fútbol en la tierra del 10 de los últimos campeones del mundo.



