Las líneas que siguen iban a ser una nota para que la lea Walter Durso, que ya no está, pero debe andar abrazando el cielo merecido. Poe acá nos quedamos rebobinando, y mi alma de periodista que apela al recurso de la primera persona para escribir a la leyenda del fútbol, a sus seres queridos, a los amigos y a cada perseguidor de pelotazos, algo que se mama desde pibe y si no jamás se entiende de grande. “El Loco”, apodo que responde a su alegría, al tipo locuaz, ocurrente como tantos que fueron punteros de los antiguos, que vivían pegado a su raya en un terceto atacante.
De Ensenada, del barrio Villa Albino, cerca de “la pasarela”, hijo único, del ’49, de una casa “mitad de chapa y mitad de madera”, y el gol en la sangre en un lugar donde cada chico nacía con el boca en boca de un apellido italianísimo, gloria de Huracán y el seleccionado argentino, Masantonio.
Durso se encontró con su novia, se llamó Gimnasia. Iba a enamorarla en el Tranvía 4 o apretado en el micro 13, y sintió la primera conquista con los aromas del bosque «el día que firmé el primer contrato, al lado de la pileta», cuando “El Basurero” Oscar Venturino —presidente que condujo la CD en toda la década del setenta— dijo que ahora usted vendrá en auto, y le compró el Fiat 600, en cuotas que le iba descontando del sueldo.

También fue “La Urraca” y pudo ganar «algo» más que plata. El Promocional fue un torneo donde varios equipos que no clasificaron para otras instancias, puso al Lobo de Manuel Miranda en el primer puesto. Sí, campeones. «Contra Colón ganamos 5 a 1, con dos goles míos, en partido televisado por el viejo Canal 7».
Con el primer dinero del fútbol «le compré la casa a los viejos».
Y a mediados de los ’70 estaba en el plantel de “Puchero” Varacka. Una campaña que hizo soñar a media ciudad. “La Barredora”, Durso alternando, reemplazo natural del gran Castiglia. Empezaban los cambios de los jugadores de campo. Pero el sueño se hizo añicos por culpas ajenas. La semifinal del Nacional sin titulares y toda la Tercera saliendo a jugar contra Central. La pasión atada a los designios de quienes manejaban la caja. Depuración y lo prestan a Kimberley. Con esos colores no perdonó a Gatti, en un empate 1-1 valioso para los marplatenses.

Vuelta a meter goles para Gimnasia en el ’72 y uno que llevó en la retina hasta el final de su vida, diciembre de 1983, dos a Boca, triunfo mens sana 3 a 2.
El salto a River, con cosas que sólo le pasaban al “Loco”. Llegaron tarde a la AFA a registrar la operación y se quedó colgado, pero River asumiendo alguna negligencia propia se lo quedó y le pagó el sueldo pero sin poder utilizarlo hasta la reapertura del Libro al terminar el Metropolitano. Ahí lució la banda roja, y metió su único gol en el 10-1 a los mendocinos de Huracán de San Rafael, nocturno, cuando todavía era La Herradura antes de las obras del monumental. Hace poco una donación de revistas de mi amigo pincha Julio Mora me permitió ver esa joya de Durso en el Nacional 74. Goleada récord en la historia profesional millonaria, me informan del Centro de la Investigación para la Historia del Fútbol. Los «nenes» que se cambiaron con él: Fillol; Zuccarini, Jáuregui, Daniel Passarella, Héctor López; Marchetti, Carranza, Alonso; Mastrángelo, Morete y Walter Durso.

Después Vélez, con wines de nuestra fábrica de la Liga Amateur Platense, Luis Roselli, “Toscanito”, por derecha, y Durso tirado a izquierda.
Hace treinta años, declaraba «ya no voy a la cancha, salvo raras excepciones…. Y no voy porque no veo jugadores como fueron Alonso, Bochini, Potente, Zanabria, Whillington, hace unos 15 años me parece que se convirtió en un negocio, y no digo que nosotros jugáramos gratis, porque la verdad es que a mí también me gustaba ganar plata, pero me parece que ahora las cosas han cambiado. Si hasta los hinchas son distintos».
Fue uno de los que se embaló con proyectos del fútbol infanto juvenil en la década del noventa, llevando al Club 12 de Octubre a la Liga Metropolitana, con el «Gallego» Fernando Fernández, qué dupla. “Buenas, le habla el diputado Walter Horacio Durso”, levantaba el teléfono después de discar. Mano a mano era imposible no reírse con toda la jeta, como fue la noche más feliz de mi vida en el cumpleaños de 24, con Durso al cuidado del club y picando algo junto a triperos infinitamente tan atorrantes como él: «Pochi» García, el de Estrella.

Su barra de Agremiados, con el Maestro Della Savia, el Potro Domínguez, el Turco Marchi y el Charlie Carrió, todos gimnasistas. “Me hablan de volantes, pero decime de qué deporte hablamos… O están jugando para el Automóvil Club Argentino”.
Me confesó que perdió una casa, pero que tenía la mujer más piola del universo, para salir delante de tantas pálidas. Y los hijos Maxi y Laura, quien forma parte de la flamante Comisión Directiva del tripa, encargada del fútbol femenino.
Lo encontré en la Liga, dirigiendo La Plata FC. Y hasta bien entrados los 70 años seguía en el gremio FAA dirigiendo las prácticas de jugadores libres en un predio de Buenos Aires.
“Adiós, diputado Durso”, lo paré en su andanza por el Parque San Martín, tarde primaveral, mientras le daba toda la vuelta completa con el nieto a bordo de un cochecito. Paró, de la sutil forma en que lo podía hacer con una «bocha» en el aire, matándola de pecho. Nunca pude hacer la nota, una que soñé en dúo de wines, con Roselli. La vida nos traspapeló en mil corridas.
Se despide un hincha de Durso, a mi entender, la personificación del fútbol espectáculo, de esos que eran vivos y olfateaban el gol como Houseman, como Verón, con chiches incluidos. Y después del retiro uno de los obreros que trabajó para sobrevivir, y para estar con los afectos, hasta la hora en que Alguien superior nos viene a buscar.



