El fútbol argentino amaneció un poco más triste con la muerte de Roque Avallay. A los 80 años se fue uno de esos delanteros que pertenecen a una época romántica del juego: puntero veloz, goleador, bravo para atacar los espacios y dueño de una personalidad que dejaba marca. Además, fue DT y se recibió en La Plata, ciudad que alguna vez visitó para enfrentar por un torneo Regional a San Martín de Los Hornos.
“El Chivato”, como lo bautizaron en Deportivo Maipú —club donde nació futbolísticamente—, había heredado el apodo de un tío también ligado a los Cruzados de Mendoza. Debutó en Primera con apenas 17 años, en 1963, y desde entonces construyó una carrera enorme: Independiente, Newell’s, Huracán, Racing, Atlanta y Chacarita, todo en la A.
Jugó 522 partidos en Primera División y convirtió 184 goles. También vistió la camiseta de la Selección Argentina, aunque el dolor deportivo le llegó cuando quedó afuera, sobre el final, del plantel para el Mundial de Alemania 1974.
Con Independiente fue campeón de la Copa Libertadores de 1965. Y en Huracán quedó definitivamente en la memoria popular como parte del inolvidable equipo campeón de César Luis Menotti en 1973. La histórica delantera de Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa. “Con Menotti sumó pausa, toque y retroceso posicional para llegar con todo”, lo describió alguna vez el diccionario futbolero de Olé. Mejoró sin resignar jamás su instinto de gol.

Pero las historias del fútbol tienen esos cruces inesperados que unen mundos distintos.
Porque mucho tiempo después, varios protagonistas de la Liga Amateur Platense, de un gran equipo que tuvo San Martín de Los Hornos, lo recordaban en dos partidos frente a Vélez de Mercedes, durante el Torneo Regional de 1983, cuando Avallay reforzó a este equipo del interior bonaerense.
Y aquí aparecen las anécdotas. El “Chiche” Jorge Diplácido rememoró una jugada que todavía le duele en la memoria: “Estoy defendiendo en el piso y le trabo la pelota. Él patea y me pega fuerte en la pierna que tenía levantada… Me esguincé. Me enyesaron hasta la cadera durante treinta días”.
La escena siguió con tintes de película. “Andaba de novio con quien después fue mi señora. Ella tuvo que manejar el auto hasta mi casa sin saber manejar, mientras yo le iba diciendo cómo hacerlo. Después me llevaron al Policlínico. Fue un orgullo marcar a un monstruo como Avallay. Pobre negro… que en paz descanse”.
Más pícara fue la historia que recordó Eduardo “Lalo” Cruz, otro emblema hornense:
“Cuando arrancó el partido le pegué una patada y me dice: ‘¿Sabés quién soy, pibe?… El Roque Avallay’. Me chapeó un poco… Entonces al rato fui y le pegué dos patadas más. Me levanté y le dije: ‘¿Y vos sabés quién soy yo? El Lalo Cruz’”.
Ese Regional mezclaba figuras consagradas con futbolistas amateurs que hacían esfuerzos enormes para competir. Mientras algunos equipos podían pagar contratos importantes para reforzarse, los clubes de barrio sobrevivían a puro sacrificio.
“Para un jugador amateur era comparable con jugar un Mundial”, recordaba César Ramírez, figura de aquel San Martín, que accedió al Regional por ser el subcampeón platense de 1982.
Otros testimonios hablan todavía de viajes interminables, sanguchitos de fiambre y bolsillos vacíos: “Mientras otros pagaban fortunas, nosotros nos costeábamos la comida y viajábamos el mismo día”.
En ese mismo Regional también enfrentaron a otro apellido pesado del fútbol argentino: Agustín Irusta, arquero de Juventud Unida de Campana.

Años más tarde, Avallay volvería a cruzarse con La Plata. En 1996 se recibió de director técnico en una escuela de entrenadores de la ciudad y trabajó en juveniles de Huracán, donde tuvo entre sus dirigidos a un joven Mariano Andújar.
“Un gran muchacho —cuenta Carlos Figueroa, destacado ex profesional del Lobo—, mi amistad con él viene de un juvenil sub 23 que dirigía Ignomiriello”.
Y todavía parece escucharse aquel viejo canto bajando desde las tribunas del Ducó:
“Globo toque, Globo toque… que los goles los hace Roque”.
Con su partida, el fútbol argentino pierde mucho más que un ex goleador.
Pierde una parte entrañable de su memoria sentimental.




