La selección que protagonizó el regreso más esperado de esta Copa del Mundo es Haití. Debieron pasar 52 años para volver a una gran cita desde aquella experiencia en Alemania 1974, cuando Emmanuel Sanon escribió una página imborrable al marcarle a Italia y cortar la racha de imbatibilidad de 1.143 minutos del legendario Dino Zoff. Pero la historia de Haití trasciende largamente al fútbol.

Es la historia de un país que lucha todos los días por sobrevivir. Una nación golpeada por la pobreza extrema, los terremotos, las epidemias de cólera y una violencia que ha puesto a buena parte de su capital, Puerto Príncipe, bajo control de bandas armadas. Los organismos internacionales suelen definirlo como un Estado fallido. Y, sin embargo, allí sigue de pie.
Ubicado en el corazón del Caribe, Haití fue la primera república negra independiente del mundo. También es, desde hace décadas, el país más pobre de América.
Su selección refleja esa realidad compleja. De los 26 futbolistas convocados para este Mundial, 16 nacieron fuera de la isla. Muchos son hijos o nietos de haitianos emigrados que crecieron y se formaron en Europa o Norteamérica, pero eligieron representar la tierra de sus raíces.

Para alcanzar la clasificación mundialista, además, Haití debió resignar algo tan elemental como la localía. La inseguridad reinante obligó a disputar partidos fuera de su territorio, lejos de su gente y de sus estadios. Aun así, encontró el camino hacia la Copa del Mundo.
El debut, este sábado en el Gillette Stadium de Foxborough, Massachusetts, dejó una sensación extraña. Haití perdió 1 a 0 frente a Escocia, pero mereció mucho más. Los caribeños compitieron de igual a igual y fueron perjudicados por decisiones arbitrales que ni siquiera encontraron revisión en el VAR: dos posibles penales y una infracción que pudo derivar en tarjeta roja quedaron sin análisis. La derrota fue apenas una estadística en una actuación que despertó respeto.
La injusticia, sin embargo, había comenzado mucho antes.
La política migratoria estadounidense endureció los requisitos de ingreso para ciudadanos haitianos, generando dificultades logísticas alrededor de la participación mundialista. Y como si eso fuera poco, la FIFA obligó a modificar la camiseta oficial del seleccionado. El motivo fue considerado «político»: una ilustración de la Batalla de Vertières, librada en 1803, cuando los revolucionarios haitianos derrotaron a las tropas de Napoleón y sellaron el nacimiento de una nación libre. Para muchos hinchas, era el detalle más hermoso y representativo de la casaca.

También resulta singular la situación de su entrenador. Desde 2023, el francés Sébastien Migné conduce a la selección sin haber podido ingresar al país por razones de seguridad. Los entrenamientos y buena parte de la planificación se realizan lejos del país, y muchas veces a través de videollamadas desde París. Su gran mérito fue potenciar una generación dispersa por el mundo. Convocó y consolidó futbolistas formados en estructuras europeas, como Jean-Ricner Bellegarde, del Wolverhampton inglés; Hannes Delcroix, del Burnley; Florian Casimir, del Auxerre francés; y Ruben Providence, del Almere City neerlandés. Todos eligieron vestir la camiseta haitiana por una cuestión de identidad, pertenencia y memoria familiar.

La realidad del fútbol haitiano la conoce bien Marcelo Zuleta, director técnico nacido en Berisso y radicado hoy en Ecuador. Este profesional ha conducido a varios clubes de países centroamericanos. «Quiero mucho a Haití. Fue mi primera experiencia en el exterior y me fue muy bien», dijo a Vive La Plata.
Zuleta dirigió al Roulado de La Gonâve entre 2002 y 2004. Allí obtuvo el campeonato nacional y la Copa Caribe, llevando como refuerzos a los argentinos Juan Cruz Real y Pablo Villar.
«Estuve dos veces cerca de asumir en la selección, pero no se dio porque ya tenía compromisos con otros clubes. El haitiano es un jugador naturalmente muy dotado. Hay poco trabajo formativo, pero muchísimo talento. Muchos fueron captados desde jóvenes y terminaron desarrollándose en Bélgica, Francia, Estados Unidos o Canadá. La selección prácticamente hace base en Miami porque entrenar en Haití resulta muy complicado. Lo viví hace más de veinte años y, lamentablemente, poco ha cambiado», expresó.

En noviembre de 2025, cuando lograron la clasificación mundialista, la celebración fue mucho más que deportiva. En un país acostumbrado a las malas noticias, el fútbol volvió a convertirse en refugio, orgullo y esperanza.
Ahora el desafío continúa. Haití enfrentará a Brasil el 19 de junio en Filadelfia y cerrará la fase de grupos el 24 frente a Marruecos, en Atlanta.
La historia de Haití en los Mundiales también guarda un capítulo vinculado a la Argentina.

En Alemania 1974, el seleccionado nacional llegó a la última fecha de su grupo obligado a ganar por tres goles de diferencia y esperar una victoria de Polonia sobre Italia. Ambas condiciones se cumplieron y Argentina avanzó a la siguiente ronda. Aquel encuentro terminó 4 a 1, pero tuvo una consecuencia importante para el seleccionado albiceleste. Carlos Babington debió cortar con la mano una jugada que tenía destino de gol. Recibió la tarjeta amarilla y el crack argentino quedó suspendido para el primer partido de la segunda fase.
Fue una tarde de alivio para Argentina y de dignidad para Haití, una selección que perdió en el marcador, pero que volvió a demostrar algo que sigue vigente medio siglo después: la capacidad de resistir cuando todo parece estar en contra.



