Ciencia

Un platense inventó un semáforo para medir ríos: la Cuenca del Plata, la más castigada

Un equipo liderado por un investigador del CONICET y la UNLP tardó cuatro años en construir una herramienta que mide, con datos de miles de ciudadanos, el estado de ríos y humedales de todo el país. El resultado del relevamiento, sin embargo, tiene un dato incómodo para la región: el sistema más degradado de todos es el que le da nombre a la ciudad.

Un semáforo, pero para ríos. Esa es la idea detrás de PreserVamos, el proyecto que desarrolló Joaquín Cochero, investigador del Instituto de Limnología Raúl A. Ringuelet (ILPLA), dependiente de la UNLP y el CONICET, junto a un equipo de más de veinte científicos. Después de cuatro años de trabajo, la investigación se publicó en la revista Ecology, de la Ecological Society of America, y ya tiene un mapa interactivo que clasifica por colores el estado de ríos, arroyos, lagunas, lagos y humedales de todo el país.

El mecanismo combina ciencia dura con participación ciudadana. A través de una aplicación para celulares, cualquier persona puede geolocalizar un curso de agua cercano y completar un cuestionario de más de cien preguntas: color y textura del agua, presencia de basura, vegetación de las orillas, fauna, embarcaciones, muelles, industrias cercanas o presencia de ganado. Con esa información, más de 3.000 observaciones aportadas desde distintos puntos del país, el equipo del ILPLA construyó un índice de conservación. Después de un proceso de validación, poco más de 1.200 registros pasaron el filtro metodológico y quedaron incorporados al análisis final.

El financiamiento inicial llegó del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, y después se sumaron aportes de la Fundación Bunge y Born y del Ministerio de Ciencia y Tecnología. La construcción del mapa se completó con acuerdos con municipios de distintas provincias, visitas a escuelas y conferencias que los propios investigadores encabezaron para sumar observadores.

El mapa resultante deja ver un país dividido en dos mitades bastante claras. Del lado verde aparecen los arroyos de las sierras cordobesas, los ríos andinos alimentados por deshielos y los lagos patagónicos: ecosistemas alejados de las grandes concentraciones urbanas e industriales. Del lado rojo, el sistema identificado como más degradado de todo el relevamiento es, justamente, la cuenca del Río de la Plata. Le sigue el estuario de Bahía Blanca.

¿Sorprende el resultado? No demasiado, si se piensa en la densidad poblacional e industrial que rodea al estuario. Pero una cosa es intuirlo y otra es tenerlo medido con una metodología científica publicada en una revista internacional. El dato deja de ser una percepción y pasa a ser una base concreta para pensar qué se hace de ahora en más con ese diagnóstico.

Para los investigadores del ILPLA, el valor del proyecto no se agota en el mapa. La apuesta es que la ciencia ciudadana funcione como un puente entre el trabajo académico, la comunidad que aporta los datos desde el territorio y quienes finalmente toman las decisiones sobre gestión ambiental. Ese es el tramo que todavía no está escrito: si el diagnóstico se traduce en política pública o si el semáforo en rojo del Río de la Plata queda, otra vez, como una alerta que nadie atiende con la urgencia que pide.

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