Fue por amor a los hijos y a los colores de Gimnasia y Esgrima en la noble pasión del fútbol infantil. Así nació el predio deportivo “El Bosquecito”. Amanecía la década del noventa y fue la expresión de un “tripas corazón”, de un grupo de padres que decidieron encontrar un terreno ante las carencias de un club que se acomodaba a las necesidades de otros tiempos de cambios estructurales del fútbol. Una subcomisión de Fútbol Infantil, acompañada de quienes dirigían el Amateur y a un Club que, pese a las tres sedes deportivas, le faltaba un espacio que integrara a los chicos.
Un trabajo de largo aliento con la guía de una Comisión Directiva central. Esa barra eterna que fomentó el nacimiento de El Bosquecito tiene nombres que muy pocas veces recibieron una distinción, pero hoy están juntos, en alguna charla de café, como Osvaldo Chirra, José Alonso, Alberto Viñes, Daniel Amerio, Alberto Pagliero, Esteban Chumbita, Juan Ascani. Los nombres son un riesgo para lo que esta nota pretende, que es homenajearlos y recordar cómo lo hicieron: Alberto Pesenti, «Lito» Gargano, y otra gente que ya ha partido, también jefes de familia, Carlos Gaspari, y Hugo Busteros, un mondonguero que en enero al partir se ganó el cielo con el recuerdo de esas ganas por unir y tejer vinculos.
Fueron el abrigo para los Lobitos que no tenían cancha donde entrenar. Los forjadores de un espacio invaluable. Un equipo de trabajo con esa avidez por mejorar al club sin figurar. Las nostálgicas mesas de un café en la avenida 60 o de una comida cada mes o dos meses, según estén disponibles, pueden dar fe de esta obra. Mientras cerrabamos esta nota, el Lobo se clasificó a Cuartos de Fiinal del torneo Clausura 2025, con la dirección técnica de uno de los pibes que escuchaban allá por 1992 que tenían una cancha para entrenar «más cerca que Abasto», y entre tantos, uno de esos nenes tiene nombre y apellido y un presente jerarquizado por los resultados en primera división, el DT Fernando Zaniratto.

Hay hojas para hacer un álbum con tanto amor derramado en tierras de este Bosquecito. El sueño de un predio que desde las primeras horas ya empezó a ver la posibilidad de compartirlo con otros deportes (hoy está el hockey) y la formación académica (así fue que nació el Jardín y la Escuela Primeria René Favaloro, también secundaria). En fin, amando a Gimnasia, por engrandecerlo, dieron todo por una satisfacción espiritual, sin retorno material en sus bolsillos, pero con obras para toda la vida.
«Busteros era «un papá de la 77, que tenía el consenso de medio país en Gimnasia, no te lo digo como amigo personal, porque Hugo fue alma y motor, e hizo algo maravilloso. Y quisiera que trascienda para que otros puedan seguir: ¿Sabes qué hizo primero…? Hermanar a todos, categoría por categoría. Trajo vocales, tesoreros, pero formaba un grupo de amistades que perdura hasta hoy. Un día me dijo ‘quedate, si no funcionás te vas, pero dame la oportunidad”, dice José Alonso, padre de otro pichón de la ’82.
Anteriormente, desde 1986, Osvaldo Chirra (otro vecino de El Mondongo) formaba parte de la alegría de los pibes, hasta que en 1991 fue elegido presidente y dejó un año después por asuntos personales, pero regresó en 2001 y se quedó hasta 2005 en uno de los período donde las obras ya excedían a la pelota: nació el colegio, con avales de la Dirección General de Cultura y Educación.
Alonso infla el pecho y con la satisfacción del hombre común, agradece el llamado y saca una postal de la mente. “Un día que los chicos iban a jugar a Magdalena, en LISFI, conseguimos unas carretillas… Caminamos de rodillas levantando vidrios del terreno… ¡Eramos jovenes, sino imposible laburar tanto!”.
“Era una comunidad”, piensa en voz alta Pagliero, “eso era tan fuerte como tu propia familia, y empecé llevando a una prueba a mi hijo (Lucas Pagliero, de la 83). Recuerdo que un día le hinché tanto a un vecino, que vivía enfrente a casa, en 70 entre 10 y 11, para que lleve al nene al fútbol infantil…”, y en eso aparece un señor dirigente revelación, Alberto Viñes, quien fue al poco tiempo encargado de ver el tema de cerca. Hinchas del fútbol y triperos, ad honorem, con dedicación full time. “¡inseparables!”, agrega Pagliero. Hasta hubo un padre que era pincharrata, Juan Natale, pero llevaba al hijo a Gimnasia y un día Hugo le dio uno de esas charlas que lo convenció para sumarse al grupo.
Estuvieron Miguel Bustos, Carlos Giordano y Quique Rúa en la primera parrilla, todo un motor del buffet. Ahorraron. Cuidaron el mango. E inspirados, no faltó un invitado nuevo como vocal a la artesanal Subcomisión de Fútbol Infantil. Si la crítica venía con efecto desde afuera, eso lo sabía aprovechar Busteros para tomar el rebote y sumar: “¡Bueno, muy bien, vamos a analizar si podemos cambiar eso, pero si tenes la idea ¿por qué no venís al grupo y a lo mejor proponiéndolo vemos si se puede llevar a cabo”.
¿Quién era el Presidente? Pasaron muchos, pero el verdadero mandamás puede decirse que fue el proyecto.

“MIRÁ… TE IMAGINÁS LLENO DE PIBES…”
Fueron a un lugar no tan amable, con un basural que acumulaba desechos, lomas de tierra con sus desniveles pronunciados, y la mala fama de inseguridad en una parte del barrio. La llegada a calle 58 y 123 fue con incertidumbre. Eran días en que pibes que defendían la azulada franja se dispersaban a la hora de los entrenamientos. Citaban en la rambla de avenida 32, en canchas del Estadio Provincial, una en Villa Argüello bastante similar a una de once, y sino, la más cercana y reconocida por los pibes como “el triángulo” —frente a Medicina—.
Lo cierto es que por mucho tiempo, las infantiles eran locales en una cancha de tierra y de superficie dura para los pibes donde hoy está el Estacionamiento para los ómnibus de los planteles en 60 y 118. Allí donde jugaron por los campeonatos infantiles y una competencia histórica como la Copa Víctor Nethol en las tardes noches veraniegas de los ochenta.

Se conversaba mucho sobre El Bosquecito, pero ni una línea aparecía en los diarios, inmiscuidos en los problemas del fútbol profesional. Todo fue en silencio. Pero conmueven los pormenores de aquella lucha hasta que arriba Gimnasia a sus actuales tierras berissense (legalmente fue otro trabajo, de otros dirigentes y más reciente). “Los terrenos pertenecían al Batallón Infantería de Marina (BIM) 3, así nos explicó Huguito Busteros». El verde al descubierto era una invitación a jugar, poniendo arcos y con un permiso. Al dirigirse a una oficina del BIM (hoy Facultad de Psicología) el jefe no tuvo dramas y pidió apenas un beneficio para sus hombres, oficiales y suboficiales: “Si lo limpian y lo mantienen pueden armar ahí una cancha de fútbol. Pero necesitaríamos unos doce pases libres para la pileta del Estadio». Los del fútbol infantil pasaron más rápido que un chimento hacia la sede de calle 4 donde el gerente general Luis Bravis Lopez le dio curso al pedido.

“¿QUÉ NOMBRE LE VAMOS A PONER?”
«Al principio para nosotros era el BIM”, dice Alonso. Hasta que Viñes exclamó: “Smos las raíces que vienen saliendo, somos El Bosquecito«. Se aceptó. Lo que realmente se sentía más era entrar a nivelar, y que espacio permaneciera para la institución.
Encaminado el trámite, con un préstamo por diez años, y en los papeles con una “tenencia” donde se mencionaba la condición de “mejorara, sanearla y forestarla”, fue derivando con el paso de los meses en una averigüación que los llevó a afirmar que «no era del BIM, sino al Puerto La Plata».
La cuestión era como la película «retroceder nunca». El secretario administrativo del Puerto era hincha de Gimnasia. Al conocerlo, el primer suspiro feliz: “Les voy a dar una mano desde adentro”. Los llevó a la oficina para ser recibidos por el director del Puerto que también era hincha de Gimnasia. “Estamos de suerte, ¡vamos Lobo todavía!”, celebraban.

Alonso y Viñes terminan en una loma de tierra, mirando hacia los cuatro costados… como quien llega a la cúspide del «Monte Lee» donde está el famoso letrero de Hollywood. “¡Es nuestrooo…! Miraaá… todo esto… ahora es de Gimnasia… ¿Te imaginás lleno de pibes con la camiseta?”.
Alonso relata sus siete años (cuatro de presidente): “Nos turnábamos para pedir, ibamos en defensa del Club… No había envidia… No existía un pará que voy yo así salgo en la foto…”
Amerio memoriza una visita al Ministerio de Obras Públicas, donde se van con la certeza de que las tierras dependían del Ministerio de Economía de la Nación. «Y después llegamos a entrevistanos con el propio ministro Domingo Cavallo«. Este les dio un consejo: si pensaban hacer una Escuela Primaria, era la mejor estrategia para que después no los saquen.
Durante el primer año 150 Lobitos llegaron con sus bolsos. Hacia la cuarta temporada ya eran 400 chicos transpirando en cinco ligas. LISFI, LIFIPA (dos locales) y Liga Wildense, Metropolitana y AFA (tres que requería viajes largos).

«La obra fue movida por la fe de triperos visionarios. Son once hectáreas, 10 canchas marcadas, 700 pibes, torres de iluminación, un quincho para hacer una parada y ver por los ventanales un partido», describe Néstor Basile, director de la revista Tribuna Gimnasista ya en 1997, año en que el Estadio Juan Zerillo celebró su primer grada popular con tablones de hormigón. En ese artículo se subrayan otros responsables de la movida: Edgardo Colavita, Daniel Roberts, Sergio Saráchaga, «y anótele una a favor al Gordo Vicente«, apuntó la pluma del «Ronco», por el recordado Roberto Vicente, presidente mens sana entre noviembre de 1989 y el mismo mes de 1991, que había dicho presente en una difícil: octubre de 1983, duros tiempos del equipo en la vieja Primera B de AFA.
El Bosquecito sintetizó uno de los mayores crecimientos en la historia del fútbol infantil. Cuando los celulares no existían, y todo era caminar despachos, el mano a mano y todavía con el valor de «la palabra», infinidad de personas colaboraron. El predio y la participación de los pibes en las ligas se financiaba con las cuotas que pagaban las familias, con las entradas vendidas de locales, la recaudación del buffet y un respaldo de la Comisión Directiva que hacía su aporte.
Se recuerdan las cenas en conjunto entre ell Infantil y el Amateur (una vez rifaron un cero kilómetro cuyo número ganador resultó el de un entrenador); actos multitudinarios en el Polideportivo con 800 personas; cruzadas depoortivas al interior del país (Entre Ríos, Mendoza, Córdoba, con la convivencia de los chicos «siendo recibidos por otras familias en sus casas, algo que hoy sería imposible», reflexionó Chirra).
El Bosquecito siguió expandiéndose. La alambrada, las torres de iluminación, el mangrullo para la cabina; el pavimento para el acceso, olvidando las caras largas del fangoso camino de acceso en días lluviosos… Hasta el riego por aspersión. Incluso un pedazo de la historia grande parecía moverse en favor del sueño del pibe: llegaron tablones de quebracho que se cambiaban de 60 y 118 y aquí encontraron utilidad con pequeñas tribunas.

“COMO SIEMPRE, LLEGAN POCOS ENTRE MILES”
La actividad llegó a centralizarse en El Bosquecit. Pasó a funcionar también la escuela “Pancho” Varallo. Y un año histórico fue la primera vez de Gimnasia en una liga como LIFIPA, donde pudo entrar con el nombre de Filial El Bosquecito. ganaron la tabla general con las categorías 85, 86, 87, 88, 89, 90 y 91. Pelota, pedagogía y victorias.
¿Quién firmará el primer contrato habiendo pasado por acá? “Como siempre, de un millón, llegan cinco”, asegura Pagliero con su experiencia de 71 abriles. Pero de las camadas que abrieron el juego oficial en Berisso, tendrán primera división Nicolás Cabrera, Pablo Bangardino, Braian Robert, Juan Bellini. Hubo otros que entrenaron en esos días iniciales del predio, pero sus categorías se presentaban en Estancia Chica o en la auxiliar de 60 y 118, como las figuras promisorias de la 78: Leandro Cufré, Sebastián Romero (dos campeones del mundo Sub 20 en Malasia ’97), Mariano Messera, Gatti y Barclay. Quien hoy es director del Departamento del Fútbol Profesional era un niño con edad de Novena cuando iban con sus compañeros al trote «desde el estadio del Bosque hasta El Bosquecito a limpiar el terreno y sacar piedras de lo que fue la primer cancha», explica el ídolo a Vive La Plata.
«Como recordar aquellas tardes con el aroma a gramilla recién cortada y gritos de madres exigentes con los árbitros como pocas, y entre partido y partido las siluetas de ese humo que te perseguía de la parrilla de Quique Rúa y que te obligaba a degustar esos choripanes únicos, esos mediodías largos que unían a innumerables amigos mateando con pastafloras caseras, en distintos grupos, de acuerdo a sus categorías.
Socios vitalicios que formaron un grupo de apoyo “Amor a Gimnasia” y aquí la cita es para don Alfredo Barr, fiel a la causa Gimnasia. ¿Te acordás la donación de tablones viejos del estadio? Con esos pedacitos de tablones vendidos se pudieron comprar las camisetas para los pibes”.

UN «TANO» BUENO EN LA OBRA
Su arribo adolescente al Puerto de Buenos Aires le bastó para descubrir la América y maravillarse por la gente y el fútbol, y cuando la prueba en Boca no alcanzó, Juan Ascani, se enamoró de Gimnasia. El «Tano” es una garantía para los amigos y a los 78 años conserva los valores. Lo descubrieron al llevar al “figlio” Amadeo Ascani para la ’81, junto a Lucía, su mujer, y las nenas, esas almas que hoy encuentran afligido. Pero está el grupo y un amigo de esas idas y venidas por El Lobo como Esteban Chumbita (otro del doble rol, dirigente y padre, con su hijo mayor “Tebi” en la ’84) que transmitió estas palabas para el amigo: «Querido Tano Ascani: nuestro corazón está contigo, la pérdida de un ser querido es algo muy doloroso, y quiero que sepas que estamos para apoyarte, te admiramos y queremos mucho. Acepta nuestras más sinceras condolencias y mi abrazo fuerte».
Las obras de los vestuarios estuvieron a cargo de Ascani y de Viñes. Café de por medio, brota la más cálida sonrisa de salidas ocurrentes que tenía el Tano, cuando decía: “Podría haber sido estrella de Roma o de Boca… y acá me tienen, en la hinchada más sufrida”.

Eran muchos y en un pantallazo brotan los nombres y algún momentos con Mario Quiroga, Hugo Gatti, doctor Daniel Caprarella (el primer médico deportólogo del país) y el «Ruso» Pedro Kondraski. El grupo no se separó. Cada recuerdo es una emoción. Lograron desviar el arroyo para ganar las tierras. A la conversa del café se suma el hincha Luis Basile, el doctor Guillermo Leone y el padre del ex arquero Gustavo Piñero (entrenador de arqueros en la Selección de Maradona).
Esos abrazos que pasado el tiempo se renuevan y dan la sensación de deber cumplido.
Aprendían a ser padres, se esmeraban por la búsqueda de recursos, se hacían dirigentes y descubrían el placer de ver la jugada de pequeños talentos. Etapa inolvidable que «arriba» llevó a un maestro e inspirador como Carlos Timoteo Griguol, que acercaba las claves para la mentada evolución: “el jugador se hace” —decía el Viejo— y quería que todos los equipos jugaran “al ras del piso”. Y El Bosquecito tuvo su Copa Griguol.
Así fue que un día la Novena división demostró en una estadística que el 80 por ciento eran pequeños de la región y de las propias infantiles.
Y uno de esos tractores (máquina cortadora de césped que popularizó Timoteo en Estancia Chica), una vez tuvo réplica en El Bosquecito, gracias a una donación del grupo político de Durán.

Un día el fútbol se terminó para esa generación, pero no así el amor a Gimnasia, y en cualquier momento, una foto de El Bosquecito actual los lleva a pensar como protagonistas.
“Nunca dejamos de pagar el bono para entrar a la cancha. Ibamos a ver el futbol infantil y pagábamos la entrada”.
Queriendo a Gimnasia, un día se fueron, porque así es la vida, que está en movimiento, donde todo pasa y cambia de repente. Sigue Gimnasia y Esgrima, el viejo Decano al que en 1992 empezó a nacer un predio para el fútbol infantil, ahí donde las relaciones humanas necesitan solo de una excusa para ayudar mientras un hijo persigue la pelota.



