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jueves, junio 13, 2024

Jóvenes desocupados: sin incentivos para capacitarse

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Favorecidas por la restricción a las importaciones, las pymes textiles experimentaron meses atrás un periodo de bonanza que les permitió ponerse de pie, e incluso volver a utilizar capacidad ociosa y crecer después de la pandemia. Sin embargo, ese pequeño aumento en la demanda encontró un condicionamiento sobre el que los observadores del rubro vienen poniendo la lupa desde hace tiempo: la dificultad para encontrar mano de obra capacitada para desempeñarse en los talleres de confección.

En el mejor momento de esa proto-reactivación, de hecho, uno de los principales productores locales del ramo advirtió que “al cerrarse las importaciones, que habitualmente satisfacen el 40 por ciento de la demanda de mercadería, algunos fabricantes nacionales no dieron abasto”.

Es en ese marco que la incorporación de personal para acrecentar la productividad no es tarea sencilla, por múltiples razones entre las que se cuentan la paulatina “extinción” de ciertos oficios, la escasez de espacios que los enseñen y promuevan salidas laborales, y la reticencia de una franja de la población para la que los sueldos y las exigencias del sector privado “compiten” con la asistencia social del Estado. La textil no es la única actividad que se encuentra en esa situación de escasez de mano de obra.

En las sucesivas fases de fabricación de una prenda pueden intervenir, entre otros, diseñadores, modelistas, asistentes de diseño, cortadores de prendas, ayudantes modelistas, operadores de equipos computarizados, controladores de calidad y probadores. También tizadores, cortadores de cueros y pieles, cortadores con equipo computarizado, con máquina o a mano, cortadores de muestras y uniformes, clasificadores de cueros, revisores de costuras, además de auxiliares, encimadores, costureros, planchadores y polleristas.

Esta diversidad tiene cierto correlato en la representación gremial, con cinco sindicatos: SETIA, AOTRA, SOIVA, UCI y SATaDTyA.

Si bien hubo un repunte de actividad a la salida de la pandemia, el año terminó con tendencia a la baja” señala el empresario textil platense Martín Bizet: “Las ventas de diciembre estuvieron en promedio un 20 a 25 abajo interanualmente; nosotros en particular vendimos un 14 % menos en unidades y recaudamos un 17 % menos de caja”.

“La expectativa para lo que viene no es alentadora, porque venimos achicando márgenes constantemente, y tenemos que otorgar bonos, ingresos de emergencia, paritarias con gatillo, etcétera”, admite Bizet, hijo de Jorge, creador de la marca Clan Issime allá por mediados de los años ‘70: “cuando todos los ‘gurúes’, después de la cuarentena, le aconsejaban cerrar y presentar quiebra, mi papá puso a rodar todo de nuevo, porque esto es una fuente laboral directa para 80 familias al menos e indirecta para muchas más”.

“Los sindicatos, si bien son un problema cuando no terminan de entender que no tienen que asfixiar a la gallina de los huevos de oro, no son hoy el principal”, dice Bizet, y precisa: “No hay mano de obra. Muchos jóvenes no quieren trabajar para un privado, porque el Estado es un empleador muy permisivo y otros cobran subsidios a cambio de virtualmente ninguna contraprestación”.

“Entre trabajar, en promedio, ocho horas por día, con un franco por semana, y llevarte unos 80 a cien mil pesos al bolsillo, muchos prefieren juntar 60 ó 70 con asignaciones y sin asumir compromisos”, describe el empresario: “Tampoco abunda la mano de obra calificada; los oficios de sastrero, jeanero, costurera, se van perdiendo. Antes, necesitabas una costurera y había una cada cuatro cuadras; ahora eso se perdió”.

Bizet, quien también es gastronómico, analiza que “no estamos entendiendo qué quieren los jóvenes, y ellos no están entendiendo que si no ponen ganas y se preparan se van a dar la cabeza contra la pared o laburar de cajeros o mozos, cosas temporarias y con un techo bajo. En el mercado textil, como en otros, hay chances de progreso, tanto que varios de los que fueron mis mejores empleados ahora se han independizado y compiten conmigo”.

Seducción subsidiada

Entre los subsidios al desempleo que otorga el Estado, sobresale el Plan Trabajar, que está destinado a complementar los ingresos de desocupados y trabajadores no registrados; en los papeles, requiere como contraprestación obligatoria cuatro horas diarias (y 80 mensuales) de desempeño en diferentes proyectos, vinculados con “Unidades de Gestión” o “Certificación”, responsables de fiscalizar y verificar la participación de los inscriptos. El “Trabajar” es compatible con otras asignaciones, como la Universal por Hijo (AUH), por Embarazo (AUE), la tarjeta Alimentar, y otras nacionales, provinciales y municipales. Puede “ser solicitado” por monotributistas y autónomos de bajos ingresos, trabajador independientes, servicio doméstico, entre otros.

“La recuperación del empleo sería mayor de no ser por la escasez de operarios capacitados”

Para sus defensores, estos aportes estatales permiten “salir de la situación de indigencia” y constituyen “un incentivo para no tomar trabajos por debajo de esos valores”. Este mes, los beneficiarios cobraron 30.687 pesos, que llegarán a 34.750 pesos en marzo. El salario mínimo para quienes realizan jornada completa es de 65.427 pesos, y en marzo llegará a 69.500 pesos.

CURVA Y CONTRACURVA

“Tras la pandemia hubo una curva ascendente de demanda hasta el lío de los ministros de Economía nacionales del año pasado, y ahí se empezó a frenar la cosa”, cuenta Norberto Schinca, creador de la marca Tiza, presente en la Región desde 1987, y que hoy complementa con las etiquetas Calou y Ecker.

“Si bien se resintió la demanda y los confeccionistas estamos fabricando menos, así y todo es muy difícil conseguir mano de obra capacitada”, expresa Schinca: “ponés un aviso buscando un vendedor y vienen doscientas personas; pero pedís un costurero y caen dos. Son oficios que requieren un poco de tiempo; en Argentina, los cubrían de manera excelente los inmigrantes de Bolivia y Perú, que giraban a sus países y familias parte de lo que ganaban aquí. Ahora eso no es tan sencillo por la perdida de valor del peso. Y muchos se volvieron a sus lugares de origen y armaron sus talleres allá”.

“Nosotros confeccionamos todas nuestras colecciones acá, en La Plata, excepto lo que sea imposible”, aclara Schinca: “por ejemplo, lavadero para el prelavado de jeans no quedó”. Tiza cuenta con taller y una central de diseño en donde define los productos a fabricar, decide la compra y el corte de las telas; y varios locales de venta minorista. Los emprendedores admiten que la carencia de personal calificado llega a un punto en que condiciona incluso la estética de las prendas.

“Muchos jóvenes no quieren trabajar para un privado, porque el Estado es más permisivo”

“El diseño de las colecciones se adapta a las posibilidades técnicas de quienes tengamos a mano para confeccionarlas”, sintetiza Schinca: “hay algunas complejidades que no es sencillo resolver. Nosotros tenemos desde noviembre de 2021, en depósito, un montón de cortes de tela que todavía no pudimos armar”.

“Han quedado pocos talleres grandes en la Ciudad”, coincide Martín Bizet; “Hay marcas que trabajan con varios, y otras que activan por demanda hay gente que ha montado talleres chiquitos en sus casas, de tipo familiar… Todos sufrimos lo mismo, que es la falta de precios de referencia; no puede ser que un vaquero salga 15 lucas con una mano de obra de $1.500, es una locura. Pero nadie de los proveedores sabe cuánto tiene que cobrarte. A esta altura, el dilema no es si importamos o no, sino que la gente ya no tiene plata”.

Gajes del oficio

Desde la sede porteña de la Unión de Cortadores de Indumentaria (gremio que nuclea a modelistas, diseñadores, cortadores de moldes, pero no a costureras y costureros), destacan que “hoy por hoy, en todos los talleres, tanto los regulares como los irregulares -que son seis de cada diez-, hay una fuerte demanda de costura y corte, trabajando a pleno”.

“Anteriormente las empresas grandes tenían sus propios talleres, tomaban aprendices y los formaban”, recuerda Heraldo Mage, secretario general del sindicato: “Nosotros gestionamos un centro de capacitación en la capital federal, pero no hay escuelas a lo largo del país que puedan cubrir toda la variedad de tareas que implica el proceso textil, de un jean a ropa interior de encaje para dama”.

Mage estima que el sueldo promedio de un empleado textil ronda los cien mil pesos de bolsillo. “Nuestro principal trabajo es localizar los talleres informales para mejorar sus condiciones, y notamos poca actividad del Ministerio, que tiene la obligación de fiscalizar y lo hace de manera muy deficiente”.

Cursos y salida laboral

En la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria destacan que entre septiembre de 2021 y el mismo mes de 2022, el sector de confección de prendas de vestir incrementó 11,8 por ciento su planta de trabajadores registrados, cifras que superaron ampliamente el 4,7 que promedió el resto de la industria. Y advierten, en sintonía con los productores platenses, que esa recuperación del empleo, que describieron como “una alternativa laboral muy valiosa, en particular para mujeres de sectores vulnerables”, hubiera sido aún superior “de no ser por la escasez de trabajadores capacitados en el oficio de la confección que enfrentamos, especialmente desde hace dos años”.

En realidad, existe escasez de mano de obra en varios rubros, pero el Estado no le ha seguido el paso a la dinámica que conllevan actualmente los cambios de costumbres, las modificaciones en los procesos productivos que exigen capacitaciones en nuevos oficios, e incluso la indispensabilidad de importar ciertas mercaderías sin trabas y complicaciones. La enseñanza, salvo excepciones, no evolucionó con la dinámica del mercado.

Algunos propietarios, encargados de talleres o pequeños emprendimientos, se arriesgan a opinar que faltan centros educativos, o por lo menos no se defiende adecuadamente su existencia en las barriadas económicamente vulnerables, que en poco tiempo habiliten a los jóvenes a iniciarse en oficios para los que hay demanda, cierto futuro y remuneraciones iniciales más que aceptables.

 

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