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La comunicación del gobierno

¿Cambio de tono o pausa estratégica?

En su último posteo en X, el presidente decidió pedir «paciencia» y mostró una cara menos confrontativa. Aunque su guerra contra el periodismo, el kirchnerismo y quienes lo critican sigue intacta.

En comunicación política hay un principio que se cumple con notable regularidad: los gobiernos cambian de tono cuando los números los obligan. No siempre es una decisión estratégica o meditada. A veces es una respuesta refleja ante la presión acumulada. Y eso parece ser lo que está ocurriendo con la cuenta de X del presidente de la Nación.

En las últimas semanas, en medio de un contexto político adverso, el Milei publicó un mensaje que se distingue claramente de su estilo habitual. Reconoció que no todos los argentinos están mejor, pidió paciencia y apeló a datos para defender su gestión. «Los procesos de mejora no avanzan a la misma velocidad para todos», escribió. Para quien sigue de cerca la comunicación presidencial, esas frases representan una rareza.

Los números que explican el giro

El cambio no ocurre en el vacío. Las últimas encuestas ubican la desaprobación de la gestión por encima del 60%. La inflación viene creciendo desde mayo de 2025 y las consultoras proyectan que este mes superará el 3% mensual, lo que implicaría cerrar el año en torno al 30% anual. A eso se suman el paro de transportes en el AMBA y las denuncias de corrupción contra el vocero y jefe de gabinete Manuel Adorni. Temas cada vez más complejos que ocupan los principales portales de noticias, las redes sociales y los programas de radio y TV

Cuando un gobierno enfrenta simultáneamente una caída de imagen, el retorno de una variable que creía controlada y escándalos que involucran a sus propios funcionarios, el manual de la comunicación de crisis indica que algo debe ceder. Generalmente es el tono. Antes que cambiar políticas, se cambian las palabras.

Un repertorio con tres blancos fijos

Para calibrar qué tiene de diferente ese mensaje, alcanza con compararlo con otros publicados en el mismo período. Y lo que emerge es un patrón con tres destinatarios permanentes: el periodismo, el kirchnerismo y cualquier ciudadano que se atreva a disentir.

Contra los medios, Milei llamó «basura humana» a un periodista, acusó al Grupo Clarín de haber acordado con Duhalde en 2002 un salvataje a costa de los argentinos, y denunció que el 100% de los zócalos televisivos mienten. Contra el kirchnerismo, el relato es igualmente constante: todo lo que sale mal es herencia de los «irresponsables psicópatas kirchneristas que intentaron hacer volar la economía por los aires». La responsabilidad propia, cuando aparece, siempre tiene otro culpable de fondo.

Pero hay un tercer blanco que suele pasar más desapercibido: los más de seis de cada diez argentinos que no aprueban su gestión. A ellos Milei no los interpela — los descalifica. Los llama «ignorantes», les atribuye «déficit espiritual», los acusa de no entender conceptos económicos básicos o de dejarse manipular por los medios. En su esquema comunicacional, quien no lo apoya no tiene una opinión legítima: tiene un problema de comprensión o de honestidad intelectual.

¿Cambio de estrategia o ajuste táctico?

El tuit más institucional convive con todo ese repertorio sin reemplazarlo. Lo que hace es matizarlo por un momento, reconocer que hay gente que todavía no está bien, pedir paciencia, mostrar algo parecido a la empatía. Pero incluso en ese mensaje más moderado, el kirchnerismo sigue siendo el responsable de los meses duros y el periodismo sigue siendo el enemigo que distorsiona la realidad.

Los gobiernos que atraviesan momentos de presión suelen enfrentar una disyuntiva: cambiar de tono de manera abrupta puede leerse como debilidad, pero mantenerlo sin matices cuando los datos propios se complican puede profundizar el desgaste. Milei parece estar tanteando ese límite.

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