A los 81 años padece una enfermedad, cuando hasta hace unos meses seguía con la bolsa de pelotas y entrenando chicos para llevarlos a probar. Fue parte de la época dorada de Estudiantes, con un pago fugaz por Gimnasia y cinco años en Cambaceres
Mombiella aparece en una fotografía histórica que todo pincha debe atesorar en su colección de fotos. Ahí está de saco, ambo y corbata en la platea de calle 1, del antigüo estadio «Jorge Luis Hirschi». Cerca de Bedogni, Aguirre Suárez, Manera, Malbernat, Medina, el Bambi Flores y quien fue su gran amigo, Echecopar. Era parte de la llamada Tercera que Mata. Llegó justo para el año de la vuelta olímpica, aquella temporada de la que se hablará hasta hoy, con el título ante 25 mil personas y un paseo a Independiente 5-1, la primera vez que una cancha se llenaba para ver a un equipo de juveniles. El que lo vio jugando en Junín, cerca de su pueblo natal Ferré, fue Ignomiriello en una de esas giras en la que buscaba material para el futuro de la primera.
Sin embargo, en el famoso equipo del año 1965 Mombiella no jugó oficialmente, solo lo hizo en Reserva, dirigido por Zubeldía. La titularidad de Tercera era para Enrique «Tinga» Flores, hoy entrenador del fútbol amateur albirrojo.
Oscar llegó con veinte años y descubrió el furor de la hinchada que coreaba cada domingo el estribillo de… “Sí, sí, señores, soy de Estudiantes / sí, sí, señores, de corazón / porque este año de la tercera / de la tercera / salió el nuevo campeón!”.

Estudiantes fue para Mombiela la vida entera. A pesar de que tuvo pocas oportunidades para mostrarse en épocas donde solo se permitía el cambio de arqueros. «Jugó en Reserva diez partidos y convirtió dos goles, uno a San Lorenzo y otro a Vélez”, apuntó Claudio Alvarez, infalible estadígrafo.
Nacido el 13 de enero de 1945, el club de origen de Oscar fue Colonial de Ferré. “En 1963, con dieciocho años, me fichó Independiente de Avellaneda donde estuve un año. Me dieron a préstamo a Argentino de Quilmes y a Estudiantes de Buenos Aires, pero en el campo (se refiere a Ferré) no me dejaron ir y entonces volví a Colonial. Cuando me estoy probando en Sarmiento viene Estudiantes a jugar un amistoso, me ven y me llevan”, relataba Oscar.
Para ordenar su trayectoria, club por club, su recorrido seguirá por Gimnasia en el ’67, en Cambaceres del ’68 al ’73, Douglas Haig ’74, Juventud y Selección de Pergamino, Sarmiento, vuelta a Colonial de Ferré (campeón 1978), Selección de Rojas, fútbol de Tandil y el final en Azul adonde lo acercó Héctor “El Negro” Antonio, emblema pincha y tripero, “¡qué jugadorazo!”, se reverencia Mombiela. “En el interior pagaban bien”
“Había sido parte de esa gran época de Estudiantes, pero es de perfil bajo. Lo reconocen la gente, pero Oscar es de la clase de personas que lleva el anonimato como bandera, quería que resalten los demás, él siempre piensa en el otro”, destacó una sobrina del corazón que nos acercó la noticia del estado de salud. Esa enfermedad de ELA que atacó la musculatura. Hasta hace nueve meses seguía entrenando pibes en el parque San Martín, entre ellos, al hijo de Matías Sarulyte, ex jugador de Estudiantes —al que también descubrió—. Pero la vida le cambió de repente. Ya no está en su casa de Melchor Romero sino al cuidado en un hogar, en Los Hornos, pasando un momento muy delicado de salud. “El fuerte mío era la habilidad”… “Demasiado he llegado”… pronunciaba las palabras con timidez.
Abrir revistas y ver las fotografías es uno de los ejercicios más apasionantes de nuestra profesión de periodistas. Ojear el pasado, ver, por ejemplo, un momento en que Mombiella fue famoso. Cuando la revista Sports (salía extra con El Gráfico) realizó una producción de varias páginas que titulaba la filosofía estudiantil. A continuación, encontraremos nombres de las más grandes jornadas futbolísticas de la década del sesenta y setenta. De izquierda a derecha: Medina, Maschio, Enrique Flores, Muñoz, Mateo, Cullerton, Cremasco, Aguirre Suárez, Echecopar, Manera, Demarta, Ignomiriello DT, Cancela PF, Duarte, Gabriel Flores, Bedogni, Lafuente, Pachamé, Mercerat, Orife, Mombiela, Santella y Rodríguez. Media docena de campeones de América y del mundo.

Mombiela fue entrenador de categorías formativas, un buscador de jugadores a los que le daba alguna chance en clubes importantes. Su trabajo pasaba por la captación y además, una tarea que muchos se ahorraban… la formación. Transitó canchas de las localidades de Ferré, Rojas, Carabelas, Arenales, Pergamino. Zona bonaerense rica en cracks, pero donde no todos iban a buscar hace algún tiempo.
Su radio de acción tenía cobertura en el norte del país, desde donde le “pasaban” algún joven con posibilidades. Además, abrió una escuela en el Parque San Martín con el “Urraca” Walter Durso (ex wing del Tripero, que se nos fue este año). Siempre evocaba al primer jugador que ayudó en la dura empresa de llegar… Juan Carlos Cecchini, quien firmó contrato con Estudiantes e integró el plantel 1987/88 (pero no jugó).
En 1980 comienza la etapa del seleccionador. No proliferaban escuelas de técnicos ni tampoco los scoutings. “Me dediqué a esto exclusivamente”. Su receta era simple, la seriedad y las horas invertidas en un campo, enseñando, practicando técnica, aconsejando. “Cuando llevo a probar jugadores y casi siempre quedan porque los llevamos bien preparados. Los pibes saben la seriedad con la que trabajo y eso lo respetan mucho. Tengo tiempo de trabajar sobre los defectos de cada uno. Si no están bien, no los llevamos a mostrar”.

Cada día volvía a sembrar con la esperanza de recoger algún día para el bien de todos. “El Chivo”. “El Pelado”. Figurita de Douglas Haig y uno de esos “tapados” que tuvo el León en su época de referencia obligada, cuando llegó Zubeldía y se armó la revolución.
En distrito pergaminense se reencontraría con el inolvidable Juan Echecopar, del que fue compañero y amigo. “Todavía conservo una carta que me mandó cuando con Estudiantes fueron a jugar a Chile y Juancito me hizo una carta para que siga insistiendo… Esas cosas que guardas y te dan ganas de leer. Y cuando jugué Pergamino siempre nos veíamos”. Sus palabras contenían el llanto. Y cuando retornaba a la reflexión, serio, directo, salía su verdad. “Hoy el fútbol es muy físico, se fijan mucho en la altura, y por ahí no la ven… Me llaman mucho para conseguir algún chico; pero hoy está difícil, porque los chicos están metidos en los celulares y algunas adicciones. La situación social está mala… Tuve un terreno en La Plata donde hacíamos fútbol y si iban con la bicicleta, se la sacaban; si iban con ropa buena, se la sacaban… ¡No hay más potreros en La Plata, por eso y otras cosas!”, se lamentaba Mombiela.
“A los chicos hay que trabajarlos y trabajarlos… El técnico también tiene que saber más, sino no te respetan”. Su vocabulario acaso recuerde a Zubeldía y a Bilardo. Con dedicación de orfebre superó los cincuenta años en esta actividad. “Cuando recién empecé, me ayudó mucho Bilardo y Malbernat, y me dediqué a la captación de los chicos por el Bocha Flores, recuerdo cuando íbamos juntos a buscar chicos por el interior y compartíamos momentos imborrables. En la vida algo aprendí al lado de grandes personas”.

Ultimamente trabajaba por su cuenta… “Tengo ochenta años y trabajo como si fuese de veinte”. Y quienes lo trataban sentía en el aire un poco la vieja escuela Pincharrata, de aquella Tercera que vestía de saco y aprendía modales, con clases de oratoria, orden personal y alimentación adecuada. Aunque a veces el fútbol no diera soluciones, él se las pasaba buscándolas, yendo a los potreros. “Haciendo formación me fue muy bien… Llevo como sesenta jugadores metidos en los clubes”.
Su bonhomía es lo que perdurará. Su olfato para detectar al joven apto y dispuesto a subir otro escalón. El tipo de gente que hizo docencia con armonía, sin estridencias, sin llorar ni retroceder nunca, aunque no sea justa la paga. El que triunfó en las ligas donde no llega la prensa grande. En Douglas, donde se ponía a hacer jueguitos en el gimnasio y los chicos paraban a verlo y a contarle hasta cien en el dominio del balón del viejo ídolo. El que una vez fue heladero dentro del club y le regalaba un palito de agua a esos mismos chicos. Un hombre sano, criado en el interior profundo, cerca de las vacas y los caballos, cuando antes de venirse a La Plata salía a correr cruzando los surcos de maíz como si estuviese gambeteando…
Una vez más, el ejercicio de la profesión nos lleva a guardar las revistas en la caja correspondiente. En las grupales, uno no siempre identifica a todos… Esta vez, está la certeza de que entre un grupo de muchachos que fue campeón de todo lo que jugó, aunque sea en un rincón, y a la espera, estará eternamente Oscarcito Mombiela.




