El “Tano” era italiano, natural de Sorrento, Nápoles, donde nació el 25 de noviembre de 1941. Llegó a nuestro país cuando tenía apenas ocho años. Disfrutó de sus seis hijos —Natasha, Damián, Mónica, Daniel, Antonella y Franco—, que le dieron dieciséis nietos. Y desde abril de 1982 encontró al amor de su vida, Blanca Martínez, hermana de uno de los tantos jugadores distintos que Antonio solía ir a buscar a los potreros para descubrirlos y ficharlos en el fútbol de la Liga Amateur. Nos dejó este sábado gris, a la edad de 84 años.
La historia deportiva de Antonio Guarracino comenzó en Gimnasia, en 1956, cuando fue fichado para las divisiones juveniles por el entonces director técnico albiazul, Miguel Ignomiriello, fallecido hace apenas unos días. Cuando debutó en Reserva contra Boca fue el mejor jugador del campo. Logró subir a Primera y llegó a calzarse la número diez en seis partidos de la máxima categoría de AFA.
Su debut profesional se produjo un miércoles, el 1 de noviembre de 1961, en el Bosque, ante el Vélez de Victorio Spinetto. Gimnasia ganó 1 a 0, con un remate de “Paco” Bayo desde los once metros. Aquella tarde, el equipo formó con Minoian; Galeano, Marinovich, Davoine, Daniel Bayo, Brunetti, Gómez Sánchez, Prado, Isella, Diego Bayo y Guarracino. Ese mismo año volvió a jugar ante San Lorenzo, en una tarde negra: el Lobo perdió 4 a 1 y Antonio debió abandonar el campo lesionado a los quince minutos.

En 1962 nacía el mote de “El Lobo” y en 1963 volvió a tomar la titularidad. Y en un partido frente a Racing, una de sus asistencias magistrales, apenas al minuto de juego, terminó en gol del “Negro” Héctor Antonio. Eran tiempos de futbolistas de notable técnica y, entre tantos compañeros, compartió plantel con el wing Luis “El Loco” Ciaccia.
Una lesión terminó marginándolo del profesionalismo. Y junto con ella quedó una de esas espinas que suelen acompañar para siempre a los futbolistas: estuvo a punto de jugar en Italia, pero la dirigencia de Gimnasia pidió demasiado dinero por su pase y la posibilidad finalmente no se concretó.
La Liga Amateur Platense fue, entonces, su casa.

Integró la primera camada de jugadores de Villa Montoro, cuando el club se afilió en 1967. Después llegó su gran amor, el Deportivo La Plata, aquel que tenía su cancha en 71 entre 1 y 115. Allí la pelota era de tientos y los campos de juego de los años setenta eran ásperos, duros, difíciles. Pero en ese escenario sobresalía el “Tano”, el “Gringo”, como uno de esos jugadores que podían hacer la diferencia.
También era una fija en las convocatorias de la Selección de la Liga Amateur Platense.
Cuando finalmente se sacó los botines, siguió ligado al fútbol desde el banco. Condujo a Deportivo La Plata, Trabajadores de la Carne —finalista en 1993 y subcampeón en dos finales ante Olmos—, Verónica, protagonista también de una gran campaña, y Romerense. Además, formó el fútbol femenino de Gimnasia y Esgrima La Plata.

Pero además de su tarea como entrenador, dejó algo todavía más importante: la calidez humana. La demostró en numerosos gestos solidarios, propios de esa buena sangre inmigrante que lo acompañó durante toda la vida. Cuando en su trabajo en el Mercado llegaban las épocas de bonanza, Antonio no dudaba: regalaba a los dirigentes de los clubes de la Liga toda la verdura que podía, para ayudarlos con las comidas de las cenas aniversario.
Así era el “Tano”. Que en 2024 formó parte del tributo que organizó la Liga Amateur Platense a los más grandes de la historia de Montoro.

Somos efímeros en nuestros cuerpos. Somos como una chispa de luz que algún día deja el traje y vuelve al misterio de ese océano espiritual del que hablan las religiones, el Cielo. Ese que se ganó un buen tipo de barrio. Y mientras esa chispa permanezca encendida en la memoria de quienes lo conocimos, Antonio Guarracino seguirá estando.
El Tano fue alegría y amor a la Liga, algo que a tantos nos quedará como parte de nuestros caminos; su forma de ser: silenciosa, amable y también pícara.
Adiós, Tano. Y gracias por tanto.



