El capítulo que flexibilizaba la venta de tierras a extranjeros estaba en condiciones de tratarse desde hace meses. Entre una interpelación esquivada, una tanda de pliegos judiciales sensibles y una bandera de Malvinas que volvió del Mundial, el oficialismo fue corriendo la fecha hasta quedarse sin los votos. La duda que quedó flotando en el Congreso es si hubo error de cálculo o si cada demora le resolvía a la Casa Rosada un problema más urgente que la propia ley.
El miércoles, 24 horas antes de la sesión, Patricia Bullrich reunió a los bloques aliados en las oficinas del radicalismo y comunicó lo que ya se descontaba: La Libertad Avanza retiraba el Capítulo III del proyecto de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, el que modificaba la Ley 26.737 y elevaba del 15 al 25% el tope de tierras rurales en manos extranjeras. Sin ese artículo, el resto del paquete —cambios en expropiaciones, en la Ley de Manejo del Fuego y en el Registro de la Propiedad— seguía en pie. Pero el corazón de la reforma, el que había ordenado todo el debate, quedaba afuera.
La cuenta no cerraba. Más de treinta senadores se habían perfilado en contra y la lista incluía nombres que el oficialismo daba por propios: los gobernadores Rolando Figueroa en Neuquén, Osvaldo Jaldo en Tucumán y Hugo Passalacqua en Misiones marcaron distancia, y el comité nacional de la UCR sacó un comunicado crítico.

Ahí apareció el dato que más incomodó a la Casa Rosada: la movilización no salió del aparato político tradicional. Lali Espósito, Tini Stoessel, Emilia Mernes, Dolores Fonzi, Nicki Nicole, L-Gante y Dillom —este último desplegando una bandera argentina desde Nueva York— empujaron la consigna «la patria no se vende». La imagen que se viralizó imitaba la tipografía de la bandera que la Selección mostró tras la semifinal con Inglaterra en el Mundial: «Las Malvinas son argentinas». Amnistía Internacional también convocó. En cuestión de horas, un debate técnico sobre porcentajes de titularidad rural se transformó en una discusión sobre soberanía.
Para entender por qué el Gobierno llegó tan golpeado a esta votación conviene mirar hacia atrás, porque el debate se pateó más de una vez. El 4 de junio, cuando el Senado aprobó 74 pliegos judiciales, el oficialismo todavía tenía la agenda bajo control. En esa misma tanda entraron postulaciones que hoy siguen haciendo ruido: la de Emilio Rosatti, hijo del presidente de la Corte, y la línea que derivó en el nombramiento de Ana Juan, esposa del juez Marcelo Martínez de Giorgi, a cargo de la causa $LIBRA que salpica a Javier Milei. Mientras ese pliego avanzaba, Martínez de Giorgi apartó a los querellantes de la causa, un movimiento que la oposición leyó como contraprestación y que el Gobierno negó. Nada de eso está probado, pero la secuencia quedó registrada.
¿Cada postergación fue un error de cálculo o una forma de comprar tiempo mientras se ordenaban frentes más incómodos que la venta de tierras? En Diputados, a fines de junio, el oficialismo y sus aliados dialoguistas —Pro, UCR, MID e Innovación Federal— acordaron mandar a comisión la interpelación al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, investigado por presunto enriquecimiento ilícito, a cambio de dejar sin quórum la sesión opositora. Adorni salió airoso y siguió en el cargo, pero la maniobra consumió capital político. En julio llegó otro intento, esta vez arruinado por el clima: la sesión coincidió con el envión emocional del Mundial y con esa bandera de Malvinas que, de un día para el otro, volvió imposible defender la extranjerización sin costo. Bullrich pidió un cuarto intermedio y la reforma quedó para después.

El problema es que ese «después» nunca jugó a favor del oficialismo. Cada semana que la reforma no se votaba sumaba gobernadores en contra, radicales que se despegaban y una opinión pública que empezó a mirar el tema. Lo que en junio lucía manejable, en agosto se convirtió en una derrota con marcha en la puerta. La Ley de Tierras no se cayó por un discurso ni por una jugada maestra de la oposición: se cayó porque el Gobierno la fue dejando enfriar hasta que el tablero cambió de dueño y el pueblo se puso al hombre la defensa de la sobernía.



