Keiko Fujimori, hija del ex presidente y criminal Alberto Fujimori, triunfó en las elecciones presidenciales de Perú. En esta nota analizamos su historial criminal y su vínculo con la administración de Donald Trump.
Con 9.223.396 votos a favor, Keiko Fujimori se consolidó como presidenta de Perú. Su partido, Fuerza Popular (autoproclamado de derecha), propone consignas similares a las de varios candidatos presidenciales en América Latina: orden, inversión del sector privado e innovación tecnológica.
El reciente triunfo del ultraderechista Abelardo de la Espriella en Colombia también ha generado gran repercusión en cuanto al alineamiento de nuestra región con los intereses de Estados Unidos.
Así, probablemente se sumen dos nuevos territorios al »Escudo de las Américas», conformado por Argentina, Bolivia, Chile, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, Trinidad y Tobago y ¿Colombia + Perú?, en donde la injerencia estadounidense pareciera ser un motivo de orgullo para los países latinoamericanos.

Varios muertos en el placard
El historial de Keiko es por lo menos escandaloso. Sólo para empezar, su padre Alberto Fujimori cometió múltiples crímenes durante su mandato entre 1990 y 2000. Tras apenas dos años de asumir, realizó un autogolpe de Estado con apoyo de las Fuerzas Armadas, el cual le permitió disolver el Congreso y suspender la Constitución. 1
Otro delito lo condujo a la fama internacional: la esterilización forzada de 300.000 mujeres y 16.000 hombres, a los cuales se les practicó la vasectomía, con el pretexto de »combatir la pobreza». Al menos 18 mujeres murieron en las intervenciones. Lo más escalofriante es la selección de aquellas personas consideradas como indeseadas para los planes eugenésicos propuestos por Estados Unidos.
La lista de crímenes continúa. Finalmente Fujimori huyó a Japón y renunció a su mandato por fax.

Roberto Schmidt/AFP
Heredera al trono
Durante la gestión de su padre, Keiko asumió a temprana edad (19 años) el cargo de Primera Dama. Desde entonces, su interés en la política nunca flaqueó. Fue candidata a la presidencia en tres ocasiones: 2011, 2016 y 2021. Este año, Keiko se convirtió en la primera presidenta mujer en gobernar el país.
Sus propuestas podrían sonar tentadoras ante un escenario mundial repleto de incertidumbre y ante la permanente – y ascendente- exclusión de diversos sectores sociales.
Con el orden como estandarte, Keiko promete un futuro repleto de estabilidad económica, inversión, resolución de conflictos y »cercanía con el pueblo». Consignas repetidas por los tantos otros candidatos obedientes a la gestión de Trump, que le agradarían hasta al oído más exigente.
Pero como venimos observando en Argentina, la sola estabilidad no es suficiente. La denominada »paz de los cementerios» puede tener un costo social muy elevado. ¿De qué sirve tener una inflación aparentemente baja si muchas familias deben endeudarse para comprar alimentos?
Lo llamativo es que a pesar de los crímenes mencionados, en su propuesta política Keiko hace constantes referencias a su padre y al fujimorismo como un movimiento popular »identificado con los más pobres».
El tiempo dirá hasta dónde llegará el fujimorismo hereditario. Mientras tanto, el mapa de América Latina continúa tiñéndose de azul, rojo y estrellas blancas.



