El locro es un plato que nos recuerda nuestras raíces, pero también nuestras batallas en defensa del suelo y del pueblo que hoy conocemos como Argentina.
El frío empezó hace rato y los platos guiseros son imprescindibles para poder sobrellevarlos: nada más lindo que llegar a casa y tener una olla con locro o guiso para entrar en calor en seguida.
Sin embargo, a pesar de consumirlos con frecuencia o en ocasiones especiales como fechas patrias, muchas veces no nos preguntamos de dónde provienen manjares como el locro.
Originado en el período pre-incaico y pre-hispánico, la palabra locro proviene del quechua »ruqru» o »luqru», palabras utilizadas para refererirse a un guiso espeso preparado con los ingredientes disponibles en la región1 o para referirse a “cosa cocida” o “cosa cocinada”.2
Según escritores del siglo XIX como Pedro Manuel Nicolás Paz Soldán y Unanue (cuyo pseudónimo era Juan de Arona), el locro descendió desde lo que hoy conocemos como Perú, bajando por la Cordillera de los Andes para entremezclarse con influencias europeas, y luego asentarse en nuestro territorio hasta la actualidad.

Las batallas de la Independencia como ingrediente principal
Mariano Carou, autor del ensayo Filosofía Gourmet, afirma que en la primera década de 1800 »no era muy común que la gente abandonara su lugar para recorrer otros (…). Sin embargo, la necesidad de reclutar soldados, particularmente en el Ejército del Norte, hizo que se produjeran esas migraciones. Personas de diferentes puntos del país conocieron el locro y llevaron la receta a sus hogares al regresar”, explica.
Con las guerras independentistas, al ser el alimento de las tropas, su consumo se expandió por todo el territorio habitado. Finalmente, “el locro se terminó de ungir como comida patria en torno al Primer Centenario de la Revolución de Mayo, hacia 1910”, explica Carou.



