Entre notas de diarios, apuntes, papeles y libros del sagrado ejercicio periodístico van emergiendo historias de vida. Una de esas que tocan las fibras es la de Juan Carlos Anacleto. La primera impresión es la de un hombre equilibrado, satisfecho, y vigente en su trabajo diario. Oficina y café de por medio, Juan Carlos reservó un tiempo de calidad en la agenda para la charla con este periodista.
El hombre hoy cumple años, las nueve décadas, haciendo gala de su inteligencia, además de la pura sangre italiana. Este ejemplar nacido con partera a domicilio en una casa de El Dique, en 122 y 52, una punta de la región en que se rozan los sentimientos de Ensenada y de La Plata, una crianza donde el patio fue el bosque, el jardín zoológico, el colegio industrial y la cancha de Gimnasia (cuando él nació en 1936 el predio recién andaba por su octavo año de football).
Es de los que creen en sus convicciones con una sonrisa y no haciendo la guerra. Uno de los que contribuyó, indudablemente, como tantos inmigrantes, a que la platense sea una sociedad pujante. Y no se achicó al asumir riesgos en distintos rubros laborales: corralonero, constructor, industrial, comerciante, avezado en el rol de servicios, director de Cámara de Comercio y gerente presidente del hotel Corregidor en La Plata, productor agropecuario y administrador de campos, y dirigente empresario con cargo en la Asociación de comerciantes e industriales en materiales de construcción (ACYMCO).

José Anacleto, su padre, llegó con dieciocho años, siendo menor de edad, de la mano de un tutor. Corría 1927. Venía de un pequeño pueblo a orillas del Tirreno, desde Longobardi, en la provincia de Cosenza, en el sur de Italia. Elige suelo argentino porque aquí ya estaba un tío —hermano de su mamá, que tenía quintas por el camino a Magdalena—.
La «suerte» empezó a estar del lado de José Anacleto cuando tomó la decisión de no embarcarse en el barco a vapor Principessa Mafalda que naufragó en las costas de Brasil, dejando pocos sobrevivientes. A la semana siguiente tomó el buque Taormina. El tiempo trajo al corazón de Giuseppe la alegría y el compromiso de tres hijos, José (partió este año al más allá), Juan Carlos y Angela. Aquel «tano» marcó un camino de coraje y fue el iniciador de una primera empresa que haría punta en la construcción. En 1952 se compró el primer camión y en la misma casa de El Dique vendían materiales (ladrillos, piedra, arena, hierros y cemento). También tenían allí una fábrica de polvo de ladrillos y hacían demoliciones. “Anacleto e hijos” tiene fecha de partida: el 12 de mayo de 1952. Esa Sociedad en la que se unieron aún más José y sus dos hijos varones. José (padre de Adriana, Marcela, María Alejandra y Andrea) y Juan Carlos (el padre de Carlos, nacido en 1967 (hoy presidente de Gimnasia), Eduardo, de 1968, Juan José de 1971 y Betina de 1981).
Tiempo del café. Con gentil predisposición, Juan Carlos nos mira a los ojos y presta la llave para entrar a su vida. Difícil ordenar los temas en una ráfaga de tres horas donde dará rienda a los recuerdos.
“Nací en una casa precaria, hecha con chapas y con la madera de los cajones en que venían embalados los autos; y con un precario baño en la parte posterior de la casa. Seis años tenía y me acuerdo”. Al poco tiempo mi padre, como ya andaba en la construcción, producto de una demolición pudo realizar un baño en el interior de la casa”, cuenta Juan Carlos, días antes de llegar a las nueve décadas.
Una infancia entre El Dique, el Bosque y el trabajo
“Mi infancia es entre El Dique y el Bosque, las vías del ferrocarril, Gimnasia, la Escuela Industrial. Y me acuerdo de Don Cal, el hombre que estaba a cargo de los botes de madera en los lagos del Bosque, que te llevaba por 20 centavos”.
A los once años, durante las vacaciones de la escuela primaria, cuando cursaba quinto grado, comenzó a trabajar como cadete en la Ferretería Argentina, ubicada en calle 49, casi diagonal 80. Los responsables del comercio eran amigos de su papá.
“Che, te puedo mandar al chico”, le decía su padre a uno de sus amigos. «¿Y qué hacía? Barría, limpiaba, iba al correo. El negocio tenía tres o cuatro rubros. ¿Y dónde me mandan a mí? A Pinturería y Sanitarios».
En sexto grado, también durante las vacaciones de verano y antes de ingresar a la Escuela Industrial, volvió a trabajar como cadete. Esta vez fue en la fábrica de mosaicos La Unión, ubicada en 3 entre 65 y 66.
“¡Anduve en camiones! Con mi hermano y mi papá, que era albañil, cargábamos los camiones a pulmón. Y mi mamá, a veces, se subía al camión y nos arrimaba las bolsas con las manos a la punta del camión; eran bolsas de cincuenta kilos, no siempre lo hizo, sino en ciertas oportunidades».

También aparecía, por entonces, otra de sus inquietudes: las motonetas. “Compraba motonetas, las pintaba. El que me conoce sabe…”.
Y enseguida aparece otra escena de aquella infancia atravesada por el trabajo y las obligaciones familiares. “En las vacaciones de la escuela primaria, con once años, ¡tenía que ir a la obra! No, no me gusta la obra. Si le decía de ir al fútbol, me hacía agarrar la manija a la fragua para hacer la herramienta. Sacaba los clavos y los enderezábamos, y por ahí me machucaba el dedo”.
Juan Carlos también recuerda sus días en la Escuela Primaria 37, de calle 2 y diagonal 80, a la que llegaba caminando desde su casa. Le gusta especialmente recordar aquel recorrido a pie, atravesando el Bosque.
A los 90 años conserva, además, un cuidado especial por su salud. Realiza prácticas con suma agilidad y hasta puede sentarse y levantarse de una silla a gran velocidad. Hace una demostración.
“Era chiquito, delegadito, el primero de la fila. Hoy me achiqué ocho centímetros”, dice entre sonrisas. Su contextura física de entonces le permite rescatar otra anécdota. “Era tan flaco que pasaba por las rejas de los portones del zoológico que da a la calle 52 para colarme. Ahora veo esas rejas y digo: ¿cómo pasaba por ahí?”, recuerda entre risas.
El amor al fútbol ya ocupaba un lugar central en su vida. A los siete años comenzó a ir a la cancha de Gimnasia y nunca más dejó de hacerlo. “Sigo yendo, obvio. Llevo ochenta y tres años consecutivos”. En aquellos primeros años había un hombre que cumplía un papel fundamental para que pudiera estar en la ceremonia dominguera de los partidos. “Había un señor, un guardabarrera, Pedro Garritano, que era fanático de Gimnasia. Con él íbamos a la ochava más cercana al Monumento. Ya a las once nos pasaba a buscar por la esquina de casa, en 122 y 52, para ver desde el primer partido”.

Un alto. Nos informa sobre la fiesta de cumpleaños, que tiene más de un centenar de invitados, de todas partes.
“No pedí regalos, pedí donaciones. Para eso abrí una cuenta en un banco y la gente que es generosa dona para comprar alimentos para Conin La Plata (www.coninlaplata.org), una entidad civil que lucha para prevenir la desnutrición infantil en nuestra ciudad. Allí asisten y educan a niños hasta 5 años de familias carenciadas. Me han mandado un video de agradecimiento que interpreto como caricias a mi espíritu”.
Aparecen nombres y lugares de los primeros logros. Es el hombre que tomó la delantera en la familia cuando se habla de quién fue primero a 60 y 118. De pronto, su hijo golpea la puerta, pasa apurado a dejar su saludo. Se va a la cancha. Es el presidente mens sana.
“Me recibo de maestro mayor de obras en la escuela Albert Thomas. Todavía no tenía dieciocho años e hice una casa, y como no podía firmar, empecé con la casa y después hice los planos cuando era mayor de edad. Seguí Ingeniería, no terminé, pero a los veinte años ya hacía obras. Vino la conscripción en la Marina. Iba al Liceo Naval, y volvía a hacer la obra, por ejemplo, la de la Escuela Juan Bautista Alberdi de 7 entre 526 y 527, en Tolosa. Más tarde, con veinticuatro años, asociado a un ingeniero, ensanchamos el puente Samborombón”.
“En el trabajo abarqué de todo. Yo tenía un negocio de venta de materiales de construcción grueso, como ser cal, cemento, arena, hierro, ladrillos, camiones de piedra. Al poco tiempo, en 1961 —a mis veintipico— me invitaron a formar parte de la comisión de la Asociación de comerciantes e industriales en materiales de construcción (ACYMCO) donde entro como vocal suplente: ¡estaban todos los grandes! Y yo un pibe con un camioncito y un pequeño corralón en la 122. Al año siguiente fui secretario general y después presidente durante diez años, tiempo en el que construímos un edificio de cinco pisos, en 55 entre 9 y 10, donde hoy sigue teniendo la sede la mencionada asociación”.
Llega la década del sesenta. El amor con Carmen, “Yoyi”, oriunda de la ciudad bonaerense de Carhué, donde la familia tenían campos, ganadería y cosecha de trigo. Ella tomó la decisión de estudiar en la Universidad Nacional de La Plata.
“Siguió la carrera de Derecho. Un amigo en común de mi hermana y de ella propició una salida, entre los que estaba mi concuñado Luis Prates (fallecido durante el Covid). Ese día salimos a pasear; a los tres meses nos pusimos de novios y en seis meses contrajimos enlace, el 26 de marzo de 1966. Ella estaba por cumplir 25 años de edad y yo 30. Finalmente no terminó de estudiar, pero se dedicó a cuidar a los hijos y lo hizo muy bien».

El dirigente y el sueño del Polideportivo
Reaparece su otro amor: el Lobo. A fines de 1976 hubo elecciones y, por primera vez, el apellido Anacleto apareció en una de las listas. Fue por el oficialismo, que volvió a llevar como candidato a presidente a Oscar Emir Venturino, ganador por cuarta vez, acompañado esa vez por los vicepresidentes Jorge Titarelli, Marcelo Martini y Juan Carlos Anacleto.
“Sí, fui uno de los vicepresidentes y estuve a cargo de la Comisión de Estadio. Recuerdo a un ingeniero agrónomo, Viguier, muy ligado al club, que asesoraba sobre el campo de juego, pero no le daban bolilla. En ese momento, a pesar de contar con Estancia, por comodidad se entrenaba en la cancha principal de 60 y 118. Le consulté al ingeniero si nos podía asesorar porque queríamos poner riego por aspersión. Solo dos clubes en toda la AFA lo tenían. Y lo concretamos. Ahí intervino mucho en el tema del riego Coco Sánchez, que era miembro de comisión y se ocupó de los cálculos y del equipamiento de las bombas”, apuntó Juan Carlos.
Además, Anacleto tuvo una participación activa en otro gran sueño de aquella dirigencia: el Complejo Polideportivo.
La última gestión de Venturino reunió a varios directivos, muchos de ellos íntimos amigos y ligados a la construcción. En una especie de gran cruzada, lograron que el presidente avalara la construcción de un moderno escenario y la ampliación de la sede, con el objetivo de reemplazar al “Gran Gimnasio”, que se había derrumbado en 1971, en un accidente por el cual el Correo Argentino indemnizó al club.
Corría la primavera de 1977 cuando comenzaron a verse los primeros movimientos en ese sentido, con el paso audaz y seguro que daban Juan Carlos Anacleto, Tomás “Cacho” Sessa, Norberto “Coco” Sánchez y los recordados Luis Cavallaro, Rubén Bormapé, Jacinto “Giani” Ranalletta y el arquitecto Alejandro Brescia, entre otros directivos.
Compraron una casa sobre calle 4, hacia 53, y un terreno angosto y largo sobre 53 que daba al fondo del futuro Polideportivo. “Ambas propiedades pertenecían a la familia Gardella, gimnasistas y muy vinculados al club”, agregó. “Cuando se inauguró, en junio de 1982, cumplimos todos un gran objetivo. Todos, de una forma u otra, hicimos un aporte. Pero yo ya no era directivo. Como una compensación a tantas donaciones, el club nos pagó con plateas. No quedó debiendo nada”.
La renuncia y una decisión que cambió su vida dirigencial
El empuje de Anacleto como dirigente y su voluntad por superarse también tuvieron un capítulo dentro del departamento de Fútbol Profesional. Por ejemplo, durante el Torneo Metropolitano de 1977, uno de los campeonatos más extensos de la historia, con 46 fechas disputadas entre el 20 de febrero y el 13 de noviembre, Gimnasia logró evitar el descenso en la última jornada, tras igualar 2 a 2 como visitante de Argentinos Juniors, en La Paternal, frente a un Diego Maradona de apenas 17 años.

Pero después de aquella campaña ocurrió algo que Anacleto no pudo aceptar. “Después de esto sucedió un tema que no me gustó y que rebasó el vaso. Había que empezar el Nacional y el técnico, Antonio Ubaldo Rattín —fallecido hace poco—, nos pidió, entre otras cosas, tener un arquero de calidad, como Enrique Vidallé, al que había tenido en Boca. ”Fuimos a buscarlo a Chile, al Palestino. Me confió que, si viajaba, podía sacarlo por 100 mil dólares, cuando en otros intentos la cifra era superior. Viajé con el «Gato» Magdalena, exjugador de Boca y representante de jugadores. Y pudimos traer al arquero”. Recuerda como si fuese hoy que “Quique Vidallé bajó al otro día en el aeropuerto de Ezeiza, lo fue a buscar la familia y se vino en un Falcon Sprint hasta La Plata, parando en la puerta de mi casa. Con su auto nos fuimos a Estancia, un sábado a media tarde. Cuando llegó, la mitad de los jugadores ya estaba en el micro para salir hacia la cancha. Subió al micro y Rattín nos presentó al nuevo arquero que debutó ese día ante San Lorenzo de Mar del Plata.
“Ese día seguí el partido desde la tribuna que da al Bosque. Después de ese partido presenté mi renuncia en la sede social”. La decisión no fue sencilla. Después de su renuncia, tres dirigentes que habían llegado junto con él quisieron acompañarlo en solidaridad.
“Luego de mi renuncia, con los porqués que en su momento aclaré a todos los gimnasistas a través del diario, se quisieron ir tres dirigentes que habían venido conmigo. ”¡Por favor, ustedes quédense! Se querían solidarizar y les dije que era lo peor que me podían hacer. ¡Primero está Gimnasia, no yo!”.

El mismo día, otro dirigente presentó su renuncia de manera irreversible, también en profunda disidencia: Norberto “Coco” Sánchez.
Las vueltas de la vida hicieron que, tres años después, “Coco” fuera convocado para presidir el MORRGIM (Movimiento de Renovación y Recuperación Gimnasista), que se presentaba a elecciones. Gimnasia había caído a Primera B y, en apenas medio año, había visto renunciar a dos presidentes. Desde la oposición fueron a buscar a Sánchez, pero «Coco» respondió con un nombre: Juan Carlos Anacleto. Para él, era el candidato natural.
Son esas pequeñas historias que muchas veces no quedan escritas en la historia oficial y que, con el paso de los años, los protagonistas ayudan a reconstruir.
“Después de que se va el contador Jorge Titarelli y luego Cacho Sessa, se venían las elecciones y me llaman Coco y cuatro dirigentes de su entorno para ofrecerme la presidencia.
—Juan Carlos, te venimos a ofrecer que vos seas el candidato del movimiento. Tenemos todo armado: el secretario, los tesoreros… El presidente sos vos.
“Yo no tenía nada en contra de ese grupo, pero no tenía intención de armar una lista. Estaba complicado con la empresa y no le podía dedicar el tiempo que merecía. Ya había pasado mi momento”.

Una vida entre el trabajo, Gimnasia y los amigos
“En mi larga historia hice de todo. Además de la empresa constructora, fui fundador de la fábrica de ladrillos huecos, con Jorge Tibor. Tuve criadero de pollos y de conejos de angora; fui y soy administrador del campo de mi señora, comerciante en el rubro automotriz en la casa APA, de 44 y 18; y sigo activo en la casa de sanitarios, cerámicos y grifería, desde su inauguración hasta el presente”.
Detrás de ese gran nombre, sin embargo, hay un ser humano con un corazón enorme. Alguien que quiso parecerse a su padre italiano y que hizo de la familia una de las prioridades de su vida.
Aquel chico que no tuvo demasiados juguetes y que encontró sus entretenimientos entre el bosque, sus primeros trabajos, la cancha y la empresa. Un hombre formado en aquellos valores de su generación, cuando las diferencias futbolísticas no impedían la amistad. Cuando los vecinos de Gimnasia y Estudiantes podían compartir una vereda y, los domingos, alentarse mutuamente cuando uno u otro jugaba su partido. Una suerte de cruzada romántica en la que unos y otros se deseaban suerte como defensores de una misma ciudad.

Uno de los grandes amigos de Juanca es don Nelson Oltolina, quien este año cumplió 96 años y fue presidente Pincharrata. “Nos conocemos desde los años cincuenta y pico. Mirá, hubo una revista Autopista, del platense Inveninato, donde entrevistan a Nelson y él nombra a cinco o seis amigos de la vida; uno de ellos soy yo”.
Oltolina, además, fue uno de los hombres de confianza de Julio Humberto Grondona, titular de la AFA durante 35 años, entre 1979 y 2014. Los tres llegaron a compartir una misma mesa en un agasajo al recordado dirigente Juan Manganiello, ex presidente del Tribunal de Cuentas de la AFA y hombre vinculado al Banco Municipal.
“A Grondona lo conocía desde la época en que él era ferretero y también tenía sanitarios. El vendedor de él era el mismo nuestro, que intercedía para prestarnos ciertos faltantes que alguno de nosotros podía tener”.
En aquella oportunidad eran ocho alrededor de una mesa. En la otra estaban las señoras de cada uno. El homenaje fue en el Museo del Jamón y, como era inevitable, en algún momento apareció Gimnasia como tema de conversación.
Y salió el tema del fútbol, intenso y polémico.
“Nos querían suspender la cancha. Claro, las hinchadas se peleaban…”, evocó aquel momento don Juan.
—Escuchame, Julio, nos están dando…
“¿Y qué querés? Cuando se juega de noche, andá a salir por el bosque, andá a saber quién te sale detrás de esos eucaliptos enormes. Y era cierto. Yo nací en el bosque. Mirá, hasta la Escuela Industrial la hice ahí, cruzando la arboleda y mirando siempre hacia nuestra querida cancha”.
Así vuelve, una y otra vez, al lugar donde comenzó todo. Al bosque de su vida, a Gimnasia, al colegio y a la ciudad que fue moldeando al hombre que, nueve décadas después, aún conserva intacta la memoria de aquellos primeros pasos.

«Pasaron los años…» «La gente me conoce…» «Pasó una vida de aquella casa precaria en El Dique, el bosque, el zoológico, el observatorio, la cancha de Gimnasia…» Juan Carlos habla con entusiasmo, sin una nostalgia pesada, al contrario… Valorando todo el recorrido. Muchas veces volvía sobre esas frases para arrancar o terminar una historia. Una historia de vida de un pibe que fue pobre y soñaba con la quimérica cumbre que, al fin, hoy comparte y disfruta con sus seres queridos.



