A casi setenta años del que se considera el primer muñeco de fin de año, producido en La Plata, nos preguntamos. ¿Cómo eran las despedidas en aquella sociedad platense? ¿Quiénes vivieron esos días y noches del primer barrio donde se construyó por primera vez un muñeco? La festividad nos lleva a un recuerdo, a una nota rescatada de la mente y del alma, apuntes de hojas amarillentas del archivo de un cronista que pasó un día por la calle 40, casi esquina 10. Una entrevista con legendarios vecinos, en 40 Número 731, departamento A. Donde las voces arlededor del grabador y los sillones tenían a gente de más de setenta años… Hecha en diciembre de 2006. Muchos de ellos partieron.
Todos evocaron al dueño del bar Los Obreros, Luis Tortora, quien tuvo la gran ocurrencia de hacer un muñeco para celebrar la conquista del Club Defensores de Cambaceres, del cual era presidente en ese momento. Esa construcción apoteótica que ardió el 1/1/1957, y juntó a todo el barrio, sin saber que después iba a ser una costumbre. Aquella madrugada don Luis había organizado la llegada de los propios jugadores amateurs, que campeonaron en la edición 1956 de la Liga Amateur Platense.

Luisito presidió al Rojo de Ensenada durante cuatro temporadas, entre 1952 y 1956, pero vivía en La Plata y tenía el bar en 10 y 40. Tuvo el placer de que el último año de su gestión llegaron al título, y fue el último campeonato logrado por «Camba» en el tradicional torneo de la región, que significó la despedida ya que luego entró a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), en la categoría aficionados.
Camba había ganado en forma invicta con 7 triunfos y 3 empates, según consta en la historia del club y que divulga Juanchi Guerra, ex directivo y colaborador vigente de la institución ribereña.
Entre las diabluras de juventud de aquellos muchachos, algunos eran capaces de entrar a baldíos y sacar pedazos de tablones con el fin de encontrar material para edificar el muñeco. Otros relatos coinciden en que se dirigían a la carpintería de los Ponisio (parientes de Vitorina, la esposa de Luis).
Después de aquel Campeón de camiseta roja y pantalón negro, hubo más fenómenos deportivos que fueron inspiración del dueño del boliche: Manuel “El Payo” Pellegrina (goleador Pincha en los años ’50) y también se edificó a un campeón de boxeo Oscar “Ringo” Bonavena (peso pesado, bastante mediático, y habitué del barrio norte platense por su amigo y colega de los puños José Menno).
La finalidad de los muñecos era rendir tributos en vida. Se dijo que Bonavena estaba enterado de este espectácular homenaje pero no pudo hacerse presente.
Los mejores rostros de los distintos muñecos, durante un tiempo, tuvieron a la artista plástica Magda Jaquenoff (fallecida, era del mismo barrio), que logró mejorar la fisonomía del muñeco luego de que los primeros fueran hechos con cuatro palos y con más corazón que virtudes técnicas de los entusiastas constructores.

Hablando de grandes deportistas, recordaron que a la vuelta del bar vivía Rodolfo Pirone, quien había sido futbolista de Estudiantes y Ferro, en primera división, y allegado a Osvaldo Zubeldía. Su hijo «Pirola» (profesor de historia) rescata un momento de esos años dorados de la infancia: «Luis me hizo hincha de Camba. Tenía un Ford A y cuando en aquella época se inundaba Ensenada iba en el fordcito a rescatar gente, ¡alguna vez me llevó!
El décimo muñeco en 1966 no fue una personaje sino un Tranvía, que ese año dejó de funcionar por las calles de la capital bonaerense.
Tras la muerte de Luis y otros, los festejos siguieron con el muñeco a cargo de los más pibes. En tanto, las generaciones más grandes, como Roberto Tortora (hijo del pionero y también seguidor del «Camba») pensaron en otras formas de diversión y muy variadas. Entre otros,“Tito” Cauterucci (egresado del Colegio Nacional), Rodolfo Camillieri (llegó al barrio en el ’56 cuando se casó con una mujer del barrio) y “Coco” Tognetti (era de Ensenada y solía poner la casa para las reuniones en este barrio de leyendas), empezaron a divertirse puerta por puerta. Cierta vez, averiguaron el cumpleaños de todos los vecinos de las calles 10 y 40 —ambas manos— y sorprendieron por la noche al salir disfrazados de carteros, repartiendo almanaques como regalitos, donde se mencionaba qué día era el cumple de cada vecino.

En otro fin de año, Roberto se disfrazó de vendedor de pirulines, Coco de barquillero y Rodolfo de heladero, para dirigirse a cada niño luego de la hora cero (y previo a la quema del muñeco, que había sido el «Tigre Diego», de la película La Era de Hielo) y hacían tirar una ruleta para que la suerte de ese niño le indicara si llevaba helado, pirulín o barquillo.
En otra oportunidad, quince vecinos mantuvieron en secreto el show de Mariachis con que irrumpieron en cada hogar. Y las mujeres fueron japonesas que repartían flores. Eran parejas que incluso llegaron a vacacionar juntas.
Otra ciudad, otras formas de relacionarnos, otra cultura. Aunque el muñeco continúa como una leyenda y hoy es el turno de «El Eternauta» que arderá a las 2 AM.
Aquella nota con el calor humano en el living de ese departamento, me dejó varias anécdotas más, pero elegiré cerrar con una original carta que mandaban. Como título llevaba la frase «La Capital del Muñeco», y una estampilla con la frase Correo Diferente. Los muchachos, modestos y divertidos, se dirigieron a este periodista con la explicación. «Un barrio diferente, pero no porque somos mejores, simplemente porque hacemos cosas que no hacen en otros barrios»



























