La sesión que le dio media sanción al proyecto de Milei avanzó puertas adentro mientras, sobre la Avenida de Mayo, las fuerzas federales disparaban balas de goma y gas. Entre los heridos hubo una fotorreportera internada en el Argerich con traumatismo de cráneo y varios trabajadores de prensa, entre ellos un fotógrafo platense. El Ministerio de Seguridad todavía no explicó por qué la represión llegó hasta quienes solo estaban haciendo su trabajo.
La jornada del jueves frente al Palacio Legislativo terminó con un saldo que se repite con una frecuencia inquietante: trabajadores de prensa heridos mientras cubrían una protesta. Según informaron el Sindicato de Prensa de Buenos Aires (SiPreBA) y la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA), una fotorreportera freelance resultó herida de gravedad en la cabeza durante el operativo y fue trasladada al Hospital Argerich con traumatismo de cráneo, tras perder el conocimiento y sangrar por el oído. Ambos gremios pidieron no difundir su identidad, a pedido de la propia trabajadora antes de ingresar de urgencia.
La escena se dio en el marco de la movilización contra la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, el proyecto que La Libertad Avanza empujó en el Senado y que consiguió media sanción en la madrugada del viernes. Mientras adentro se debatía, afuera la Policía Federal, la Gendarmería, la Prefectura y la Policía de la Ciudad desplegaron un operativo de unos 820 efectivos que respondió con gases lacrimógenos, balas de goma y camiones hidrantes. Los enfrentamientos se extendieron por más de cuatro horas y dejaron, según fuentes policiales, doce detenidos —imputados por atentado y resistencia a la autoridad— y al menos cuatro integrantes de las fuerzas lastimados.

Pero el dato que atraviesa la cobertura de casi todos los medios es otro: la represión no distinguió entre manifestantes y prensa. Además de la fotógrafa internada, un camarógrafo recibió balas de goma y un cronista de La Izquierda Diario fue alcanzado por un proyectil mientras transmitía en vivo desde Avenida de Mayo y Bernardo de Yrigoyen. Distintos testigos y trabajadores describieron impactos por encima de la cintura y disparos a corta distancia, en zonas donde el tránsito seguía habilitado y la movilización ya se desconcentraba.
La represión también tuvo su costado platense. Entre los reporteros gráficos alcanzados por los proyectiles hubo un fotógrafo de La Plata, herido en una pierna por una bala de goma mientras cubría la movilización. El caso acerca la escena al territorio bonaerense: no fue una postal ajena de la Ciudad de Buenos Aires, sino un episodio que también tocó a quienes ejercen el oficio desde la capital provincial.


¿Se puede hablar de un exceso puntual cuando el patrón se repite marcha tras marcha? La comparación con el caso de Pablo Grillo, el fotógrafo herido de gravedad en una represión anterior, apareció casi de inmediato entre los propios reporteros gráficos. No es un detalle menor: cuando quienes documentan la protesta terminan sistemáticamente en la lista de heridos, la pregunta deja de ser sobre la logística del operativo y pasa a ser sobre su intención.
Desde el oficialismo, el argumento habitual apunta a los grupos que arrojaron piedras y arrancaron vallas, y a la necesidad de despejar la zona para permitir la sesión. Es cierto que hubo incidentes y que dos gendarmes y un prefecto resultaron golpeados. Pero esa lectura no alcanza para explicar por qué los camiones hidrantes operaron, según denunció la oposición en un pedido de informes, a más de quinientos metros del Congreso, ni por qué los proyectiles alcanzaron a periodistas plenamente identificados como tales.
El costado político tampoco es neutro. El Gobierno llegó a la sesión debilitado: tuvo que retirar la cláusula que habilitaba la venta ilimitada de tierras a extranjeros, el punto más resistido del proyecto, para poder avanzar con el resto del articulado. Esa concesión, lejos de descomprimir la calle, convivió con uno de los operativos más duros de los últimos meses. La secuencia —una derrota parlamentaria parcial, una plaza que crecía y una represión que se intensificaba— dibuja el retrato de una gestión que endurece la calle cuando pierde el control del relato.
Para cualquier medio que manda cronistas y fotógrafos a cubrir, el episodio no es una abstracción. Cada bala de goma que impacta sobre un chaleco de prensa es un mensaje dirigido a todo el oficio. Los gremios ya anticiparon denuncias penales y la oposición reclamó explicaciones formales sobre la actuación de las fuerzas. La fotorreportera internada en el Argerich, cuyo nombre se resguarda por decisión propia, es hoy la cara de un saldo que el Ministerio de Seguridad todavía no explicó.



